Opinión
Alejandro Brown
Doctor en Ecología
Reflexión de cuarentena

Pandemia y los cuestionamientos ambientales en Argentina

Varias pandemias en la historia (Gripe española, Gripe aviar, Gripe porcina) han estado vinculadas a la cría intensiva de animales domésticos. Sin embargo cuando uno conoce las estrictas normas de sanidad y las certificaciones a que son sometidos los criaderos por parte del SENASA y otras dependencias gubernamentales en el país y las crecientes exigencias sanitarias del mercado internacional, puede dudar de este vínculo, al menos en nuestro país.

"Los esfuerzos basados en información y destinados a garantizar la bioseguridad en la producción ganadera, minimizar las interacciones entre la vida silvestre y los animales domésticos y limitar el contacto cercano con la vida silvestre, son especialmente necesarios dadas las tendencias mundiales en la urbanización y la producción de alimentos". Johnson et al., 08 abril 2020 https://doi.org/10.1098/rspb.2019.2736

A medida que la pandemia se fue extendiendo por el mundo y fue "bajando" hacia el Hemisferio Sur, se fueron incrementando en nuestro país los cuestionamientos ambientales sobre nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza, principalmente sobre nuestra forma de producir. 

Cuestionamientos que surgen desde el ámbito urbano y mira con recelo lo que hacen nuestros otros conciudadanos en el interior rural de nuestro país. Particularmente se hizo hincapié en vincular la proliferación de estas enfermedades, vinculándolas con la deforestación, la destrucción de la naturaleza, el cambio climático y por supuesto la interacción directa con fauna silvestre y la producción animal intensiva.

Si bien muchas argumentaciones pueden tener sentido cuando las analizamos a escala global, en general tienen poco o ningún sentido cuando las valoramos a escala de nuestro país. Según dicen, y hay controversia al respecto, la actual pandemia se inició a partir de animales silvestres, que estaban esperando su triste final junto a animales domésticos, también en cautiverio. Se dice también que eso responde a una costumbre china, culinaria y ancestral, que gusta de ingerir estos animales, que vitaliza, que da estatus social y que posiblemente sea una reminiscencia de tiempos alimentarios muy difíciles. Esos animales sin duda proceden de ambientes naturales, y ello se hace desde mucho tiempo, por lo que infiero que justamente es a partir de la existencia de bosques y otros sistemas naturales, que existe la disponibilidad de estas especies. Sin duda esta demanda viene aumentando por el mayor poder adquisitivo de poblaciones como la china, que están incorporando cada vez más proteínas de origen animal a su dieta, sumado a condiciones sanitarias deficitarias. Esta presión tradicional esta magnificada por el acelerado proceso de urbanización chino, el cual a su vez facilita que personas urbanas difundan el contagio rápidamente por fuera del lugar original de ocurrencia. Si bien no hay dudas a escala global, de la enorme magnitud de los procesos de transformación y ampliación de la superficie agroganadera, que en muchos países principalmente tropicales, se desarrolla con el concurso de mucha gente, nada indica que en nuestro país la ampliación de la frontera agropecuaria per se, altamente mecanizada y asociada (no siempre) a procesos de planificación territorial, implique riesgos ciertos de pandemias como la que actualmente estamos viviendo. Sin duda, esta pandemia es una clara evidencia del comercio ilegal de fauna silvestre a lo cual las autoridades locales (en China y en muchas otras partes) no parecen darle mucha relevancia a su control y que implica una presión desmedida sobre las cada vez más reducidas poblaciones silvestres tropicales.

Se compara muchas veces esta pandemia, con lo que ocurre con la expansión comprobada de otras enfermedades como el dengue, la malaria, el paludismo, a partir de la destrucción de ecosistemas silvestres para ampliar cultivos y la ganadería. Esto implica no sólo la transformación, sino también la colonización humana de estos espacios. Sin embargo y en el sentido exactamente opuesto, también es común la atribución a estas mismas actividades humanas la desecación y reducción de humedales, que son justamente en muchos casos, los que posibilitan la cría de sus vectores, los mosquitos Anopheles sp. y Aedes aegypti.... En general la producción intensiva agroganadera en nuestro país, maximiza el uso del territorio y muy raramente deja espacios transformados ociosos que pueden convertirse en fuentes de patógenos, y si los hubiese, tarde o temprano serían eliminados. Pareciera en nuestro país, estas expansiones infecciosas un tema más ligado al crecimiento de poblaciones periurbanas, donde la presencia de abundante población marginada y sitios adecuados para la proliferación de los mosquitos ayudan a su propagación, expansión por supuesto amplificada por el cambio climático que "tropicaliza" a muchas de nuestras ciudades.

Varias pandemias en la historia (Gripe española, Gripe aviar, Gripe porcina) han estado vinculadas a la cría intensiva de animales domésticos. Sin embargo cuando uno conoce las estrictas normas de sanidad y las certificaciones a que son sometidos los criaderos por parte del SENASA y otras dependencias gubernamentales en el país y las crecientes exigencias sanitarias del mercado internacional, puede dudar de este vínculo, al menos en nuestro país. Sin embargo, tanto la cría extensiva como la cría intensiva de animales sin los suficientes cuidados, ha sido responsable de varias zoonosis y que han requerido como medida profiláctica en algunos casos, el sacrificio de muchos de ellos. Un tema de cuidado adicional, además de las exigentes normas de salubridad animal, implica entre otras cosas, mantener alejados estos criaderos intensivos de los ámbitos silvestres, para limitar los potenciales contagios entre sí.

Si bien se asume que ésta y otras pandemias provienen del contacto con animales silvestres, ello no ha ocurrido con nuestras poblaciones indígenas, cazadoras-recolectoras, (o "marisqueadoras")), donde no se ha evidenciado problemas serios de expansión de virus asociados a su forma de vida. Tampoco tenemos noticias de esto en las poblaciones de criollos chaqueños que producen "ganadería de monte" y están en contacto cotidiano con la biodiversidad natural (salvo como algunas zoonosis normalmente padecidas por animales como la rabia transmitida también por murciélagos). Por supuesto tenemos ejemplos de transmisiones en poblaciones rurales de enfermedades transmitidas por insectos como el mal de Chagas (transmitidos por las vinchucas), la fiebre amarilla, dengue, paludismo, lehismaniasis (por "mosquitos") y que ocasionalmente también pueden afectar a trabajadores forestales. Por otra parte, las producciones agropecuarias intensivas claramente están distanciadas de la naturaleza y si bien pueden coexistir, se mantienen alejadas de potenciales vínculos estrechos con la misma, conformando paisajes o mosaicos de espacios productivos y espacios silvestres. En ninguno de estos casos se ha evidenciado problemas de saltos de virus silvestres a los humanos, al menos de una magnitud que superen el alcance local. Un caso particular es el del hantavirus con casos en selvas subtropicales (como las Yungas en el noroeste) o en los bosques patagónicos. En ambos casos ocurren en bosques muy bien conservados, el primero entre campesinos que practican la ganadería de trashumancia y el segundo con pobladores y/o turistas. En éste último caso asociado a la floración masiva plurianual de cañas nativas (coligue) y la consiguiente crecimiento exponencial de poblaciones de roedores colilargos, que se aprovechan de la abundante disponibilidad de granos resultante de esta floración. Otro ejemplo particular en Argentina es la fiebre hemorrágica (Mal de los rastrojos) de origen viral y localizada en la matriz productiva del núcleo oleaginoso argentino en la Pampa Húmeda que es transmitida por pequeños roedores y sobre la cual existe actualmente un tratamiento efectivo. Claramente el contacto humano con ciertas especies de mamíferos silvestres es un peligro potencial tanto en ambientes silvestres como antropizados, particularmente especies de roedores, murciélagos y primates.

También se ha intentado vincular esta pandemia con efectos derivados del cambio climático. La mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero es por la utilización de combustibles fósiles, del cual más del 80% es generado por países del Hemisferio Norte incluyendo China. Nuestro país aporta menos del 1% de las emisiones globales, y por lo tanto nuestra parte en esta causalidad es menor, aunque hemos acordado el asumir "responsabilidades compartidas pero diferenciadas". Ello implica esfuerzos del país a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que incluye la actividad industrial, el uso de vehículos y la deforestación o cambio de uso del suelo, en porcentajes similares de emisión. Nuestra respuesta a esta temática se debe basar en una justa distribución interna del "costo" de la reducción de emisiones, tanto geográfica como de fuentes de emisión y la mejora de la eficiencia energética de nuestras actividades y modos de vida. Esto es particularmente importante con los habitantes de las grandes ciudades, muchos de los cuales son adictos a los viajes aéreos y el confort energéticamente dependiente. Como ejemplo recordemos que esta pandemia dejo "varados" a más de 150.000 argentinos en el exterior, la mayoría de vacaciones o viajes de placer (la aviación mundial contribuye con el 2% de las emisiones globales, más del doble de las emisiones anuales de Argentina). También debemos tener en cuenta que nuestro esfuerzo por sí sólo no modificará la situación climática de nuestro país, cuyos escenarios, dependiendo de la zona, implican mayor estacionalidad climática, mayor intensidad de las precipitaciones, mayor frecuencia de "olas de calor" y fuertes variaciones interanuales. Estos cambios por supuesto, implican en muchos casos mayor expansión de enfermedades tropicales en el país (como el dengue por ejemplo) aunque no guarda ninguna relación directa con esta pandemia.

Pandemias han ocurrido en el pasado cuando nuestra relación con la naturaleza ha sido aparentemente más benigna, o al menos los procesos de transformación no estaban tan extendidos como en la actualidad. De hecho en Argentina nos podemos retrotraer a la frontera agropecuaria de un par de décadas atrás y es muy probable que los efectos de la pandemia actual hubieran sido similares. Es probable que hoy derivado de esta expansión productiva, haya más infraestructura y conectividad entre sitios remotos que permiten llegar con insumos y atención médica más fácilmente, no sólo para atender esta pandemia, sino otras enfermedades más recurrentes y con mayor impacto sanitario local. No obstante, Argentina es un país que aún mantiene más del 75% de su territorio como silvestre o poco modificado, principalmente de las ecorregiones del interior del país (Norte Grande, Andes y Patagonia). Si bien aún es insuficiente para los estándares internacionales, cerca del 10% del país se encuentra protegido en reservas y parques nacionales, 80% de lo cual bajo responsabilidad de las provincias.

Se dice que los pobres (y en este caso también la clase media) son los que más sufren y sufrirán los embates de las pandemias y epidemias. Si bien ello es estrictamente cierto en términos sanitarios y económicos, gran parte de las acciones que se proponen desde ámbitos ambientales para "beneficiar" a la naturaleza, tales como, limitar la frontera agropecuaria, utilizar menos combustible fósil, menos tecnología, menos insumos agronómicos, que utilicen menos la fauna silvestre, etc., sólo asegura que estas poblaciones rurales marginadas sigan viviendo en la actual y vulnerable situación. Ni que hablar de los cordones de pobreza periurbanos dependientes cada vez más de los apoyos estatales y de la salud pública, todas acciones que son financiadas desde el Estado con recursos provenientes del aparato productivo y sus retenciones e impuestos. La mejor manera de reducir el embate de estas pandemias sobre los pobres es reduciendo su número y vulnerabilidad, con mayor progreso social, es decir más y mejores empleos y servicios, más conectividad, en definitiva más calidad de vida. Esto por supuesto implica también, mejorar la distribución de la riqueza, fomentar la seguridad alimentaria familiar y el acceso a los mercados y que obtengan precios justos por sus productos y servicios.

Como respuesta a la impresionante y rica información que está circulando por el país en relación a la pandemia y nuestra relación con la naturaleza, no será que...:

Extrapolamos situaciones ambientales y productivas de otros continentes/países y queremos aplicarlas directamente a nuestra realidad?;

Miramos a nuestro país desde una mirada demasiado urbano-centralista (sin naturaleza), pretendiendo que el costo de nuestros compromisos globales los pague el interior, que es quien conserva la naturaleza?;

La naturaleza además de los bienes y servicios indispensables que nos brindan, también generan muchas especies "nocivas" que representan una seria amenaza para los humanos, pero que son parte de la biodiversidad?;

Buscamos argumentos adicionales para fortalecer la necesaria protección de la biodiversidad y de la naturaleza, y los discursos tradicionales no alcanzan para tener el impacto deseado?;

Terminar con los pobres no es la meta principal de muchos de los que opinan sobre temas ambientales?;

Necesitamos más y mejor salud, con dirigentes comprometidos con la causa común del bienestar de la población y el cumplimiento de las normas, y que los beneficios de la producción lleguen a los territorios donde se generan?;

Tenemos una ideología contra-capitalista y nos parece una buena oportunidad para ponerla de manifiesto y lograr cambios en la dirección de nuestras convicciones personales y partidarias, poniendo la responsabilidad en quienes producen materias primas?;

No nos hemos detenido a pensar que producción y ambiente pueden coexistir con una razonable planificación, y de ahí puede derivar una efectiva, complementaria y necesaria protección de los bienes y servicios de la naturaleza?;

El ambientalismo se parece cada vez más a las religiones masivas y estamos cambiando de dioses y el infierno lo trasladamos desde inframundo a la tierra?.

Alejandro Brown, Ecólogo y Doctor en Ciencias Naturales (UNLP)

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