Las cábalas de Maradona en el 86 que la Selección tiene que repetir este miércoles ante Inglaterra
En la previa de un choque histórico con fuerte carga geopolítica y emocional por Malvinas, revivimos los rituales más sagrados del plantel de Bilardo para alcanzar la gloria máxima.
Este miércoles no es una jornada cualquiera para el sentimiento nacional. El combinado albiceleste vuelve a ver cara a cara a su clásico adversario de siempre, en un duelo donde el fútbol se funde inevitablemente con el recuerdo latente y el homenaje permanente a nuestros héroes de las Islas Malvinas.
En momentos de tanta tensión, la mística juega su propio partido. Por eso, vale la pena mirar hacia atrás y recordar el estricto manual de costumbres que llevaron a Diego Armando Maradona y al plantel de Carlos Salvador Bilardo a lo más alto del podio en el Mundial de México.
El plantel argentino que conformaba el "colectivo de la fortuna".
Creer o reventar, pero estas son las costumbres sagradas que marcaron a fuego aquella gesta histórica:
El viaje perfecto: un trayecto milimétrico y obsesivo
La rutina del plantel comenzaba mucho antes de pisar el césped. El traslado hacia cada uno de los estadios se hacía estrictamente en el mismo colectivo en el que viajaron el primer día del torneo. A la hora de subir, Diego Maradona decía su clásico "Hasta luegoooo" mientras pisaba el micro, y el último en subirse tenía que ser Carlos Pachamé (ayudante de campo). Antes de arrancar, todos los jugadores tenían que ver un helicóptero dando vueltas en el cielo.
Dentro del vehículo, cada uno tenía su asiento asignado: nadie podía cambiar de lugar. En la primera fila de la izquierda se sentaban Bilardo y Pachamé; a la derecha, el "Checho" Batista y Pedro Pasculli.
Durante el trayecto, la radio del micro debía reproducir siempre las mismas tres canciones en un orden inalterable:
La precisión de este ritual era milimétrica: el tema de Rocky tenía que empezar a sonar exactamente cuando faltaban dos cuadras para arribar al estadio, y ningún jugador tenía permitido descender del vehículo hasta que la melodía terminara por completo.
El chofer también tenía órdenes estrictas: el viaje tenía que durar siempre exactamente lo mismo y, al pasar por un cementerio que había camino al Estadio Azteca, debía reducir la velocidad. Además, el último semáforo antes del estadio tenía que estar siempre en el mismo color.
Para coronar la mística del viaje, la custodia policial del micro debía estar a cargo, sin excepción, de los mismos dos oficiales de seguridad: "Tobías" y "Jesús". Una vez estacionados, el utilero de la selección, Mariani, era el único autorizado para bajar el botiquín del micro.
Las locuras en la concentración y el vestuario
El búnker de la Selección era un templo de supersticiones donde las maletas jamás se deshicieron en todo el mes; estaba completamente prohibido colocar la ropa en los armarios de las habitaciones, y de más está decir que por una cuestión de suerte no existía la habitación número 13.
La previa de los partidos era un desfile de rituales individuales:
La afeitada infinita: Carlos Tapia tenía que afeitarse los días de partido, aunque no le hiciera falta, y no terminaba de hacerlo hasta que el arquero Nery Pumpido no le pidiera la crema de afeitar.
El encuentro de Diego: Maradona, luego de ducharse y afeitarse, debía encontrarse de manera obligatoria con Jorge Valdano antes de salir.
El periodista y la cábala del micrófono: Antes del calentamiento, los periodistas argentinos Tití Fernández y Vicente Ramenzoni debían entrevistar exactamente a los mismos cuatro jugadores de siempre: el "Tata" Brown, Maradona, Batista y Ricardo Giusti.
La llamada del teléfono público: En el vestuario tenía que sonar sí o sí el teléfono público antes de que el equipo entrara a la cancha, y el encargado de atenderlo obligatoriamente era el "Tata" Brown.
El dibujo de Diego: En el piso del vestuario, Maradona dibujaba una figura perfecta utilizando su camiseta, su pantalón, sus medias y sus botines. Absolutamente nadie del plantel o del cuerpo técnico tenía permitido pasar por encima de esa zona.
El saludo final: Para completar la energía del vestuario, el jefe de prensa Washington Rivera entraba, saludaba a todos con un insulto específico y se despedía utilizando exactamente la misma palabrota.
Las obsesiones del "Doctor" Bilardo
Si los jugadores tenían sus ritos, el director técnico llevó la superstición a niveles extremos:
La pasta dental prestada: A pesar de tener su propio bolso equipado, Bilardo le pedía siempre crema dental al defensor "Tata" Brown antes de cada compromiso.
Prohibido el pollo: Convencido de que traía mala suerte y "mufa", el entrenador desterró por completo este alimento de la dieta de la delegación durante toda la competencia.
El rey de la superstición: Bilardo prohibió el pollo, cronometraba sus llamadas y corría para ganarle el asiento a sus propios ayudantes.
La llamada de las 17:00: Sin importar la reunión o el entrenamiento que estuviera liderando, el DT se comunicaba telefónicamente con su esposa todos los días a las 5 de la tarde en punto.
Las salidas y el banco de suplentes: A la hora de saltar al campo de juego, la fila tenía un orden sagrado: Maradona iba primero y Jorge Burruchaga el último. Bilardo salía pegado a Burruchaga, le daba una palmada en el pecho antes de pisar el césped y luego el "Narigón" tenía que salir corriendo para sentarse en el banco de suplentes antes de que lo hiciera el resto de los técnicos y suplentes.
La comida previa: El día anterior al partido, Bilardo y siete jugadores elegidos iban religiosamente a comer hamburguesas a un centro comercial de Ciudad de México.
Para cerrar la mística antes de que el árbitro diera el pitazo inicial, el "Gringo" Giusti corría hasta el círculo central y enterraba un caramelo en el medio del campo de juego.
Este miércoles, cuando la pelota empiece a rodar frente a los británicos, todo un país empujará con el corazón. Quizás sea el momento de desempolvar los casetes de Rocky, sintonizar a Sergio Denis y aferrarse a la fe de aquellos gigantes que nos enseñaron cómo se ganan los partidos que importan para siempre.




