¡Justicia!

"No nos queremos ir": El desgarrador pedido de dos salteñitas que podrían separarlas de su familia

Una familia numerosa de nuestra ciudad vive horas de pura angustia, atrapada entre la crueldad de una presunta estafa, amenazas constantes y la burocracia estatal que amenaza con arrancarles lo más sagrado: sus hijas.

Isolina Alé

Isolina Alé

La historia comenzó con la ilusión del techo propio. Confiando en una amistad de más de 40 años, la familia le entregó un millón de pesos a un hombre llamado Gilberto Gutiérrez como adelanto para la compra de un lote. Sin embargo, lo que parecía un sueño se transformó en una pesadilla de engaños:

"Él está acostumbrado a adueñarse de cosas que no son de él y después venderlas", relataron los vecinos de la zona, confirmando que el verdadero dueño del terreno falleció y el lugar había quedado a la deriva.

A pesar de haber firmado los papeles frente a una abogada, la familia descubrió la peor traición: Gutiérrez intentó revenderle el mismo terreno a otra persona mientras ellos pasaban los días limpiando el monte a fuerza de pico y pala

Al verse descubierto, comenzaron las hostilidades. "Me mandan a amenazar, pasan tirando piedras... Con la edad que tengo, no puede ser", relató el abuelo de la familia, visiblemente quebrado por la impunidad y la violencia física que sufren a diario.

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Una carrera contra el reloj por el amor de una familia

Pero lo que verdaderamente desvela y hace llorar a esta familia salteña es el destino de los más chicos. La mujer a cargo del hogar sostiene una lucha titánica. Además de cuidar a sus padres jubilados y a una hermana con discapacidad, el Estado le otorgó la guarda provisoria de dos sobrinas y una prima, también con discapacidad, que habían quedado completamente solas.

Hoy, esa guarda pende de un hilo. La justicia les advirtió que si antes de la audiencia definitiva de julio no cuentan con una vivienda acorde (al menos dos piezas, un baño y una cocina donde las nenas estén protegidas del frío), el Estado les quitará a las menores.

"Yo ya estoy hace dos años y medio con las chicas. Ellas ya estuvieron en un hogar y sufrieron mucho. Ayer me miraban y me decían: 'Tía, a nosotros lo único que nos interesa es tener una pieza calentita y estar con ustedes, no nos queremos ir'. La más grande viene con su abuelo y lo ayuda a limpiar el terreno. Así vivamos en una sola pieza, donde sea, pero no nos queremos separar", relató la mujer a Qué Pasa Salta, ahogada en lágrimas.

La situación es límite. Entre el frío del invierno salteño, la falta de recursos, el hostigamiento de quienes intentan usurpar sus derechos y la frialdad de los plazos judiciales, esta familia no pide que les regalen nada: solo necesitan el derecho a quedarse en el lugar que pagaron con el sudor de su frente para levantar esas paredes que mantengan a sus niños unidos y a salvo.



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