Arq. Sebastian Cohen

Arq. Sebastian Cohen

Presidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) filial Salta
Reflexión

La memoria como compromiso: la Shoá y su legado en el siglo XXI

Seis millones de judíos fueron asesinados por el solo hecho de existir, junto a millones de otras víctimas del régimen nazi. Recordarlos sigue siendo, en 2026, un deber ético que trasciende credos, generaciones y fronteras, porque la memoria devuelve dignidad a quienes fueron despojados incluso de su nombre y de su voz.

Hablar de la Shoá(Holocausto) implica asumir una responsabilidad frente a la historia. No se trata de permanecer anclados en el pasado, sino de comprender un acontecimiento que marcó de manera irreversible a la humanidad y cuyas consecuencias siguen interpelándonos. En un mundo donde es fácil opinar sin saber, estudiar la Shoá es una manera de honrar la memoria de las víctimas y, al mismo tiempo, es una responsabilidad de todos, de educar a la sociedad, porque el desconocimiento de la historia habilita la repetición de prejuicios, discursos de odio y violencias que se vuelven a naturalizar.

La Shoá constituye una herida abierta en la historia del pueblo judío y del mundo. Seis millones de judíos fueron asesinados por el solo hecho de existir, junto a millones de otras víctimas del régimen nazi. Recordarlos sigue siendo, en 2026, un deber ético que trasciende credos, generaciones y fronteras, porque la memoria devuelve dignidad a quienes fueron despojados incluso de su nombre y de su voz.

La singularidad del Holocausto radica en que, en el corazón de un continente que se consideraba civilizado, un Estado moderno y culto tomó la decisión de perseguir, marcar, despojar y asesinar sistemáticamente a millones de personas. No se trató de hechos aislados ni de desbordes irracionales, sino de un proyecto planificado desde el poder. Como recordó Elie Wiesel: "No todas las víctimas de los nazis fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas".

La Shoá no fue el final del antisemitismo ni de la judeofobia, sino su expresión más extrema y letal: el punto más alto de un odio ancestral que encontró en el siglo XX las condiciones políticas y técnicas para transformarse en exterminio. Marcó un antes y un después en la historia del mundo tal como lo conocemos. Fue posible no sólo por el odio explícito, sino también por la indiferencia, el silencio y la complicidad. Incluso cuando la maquinaria bélica del Tercer Reich necesitaba desesperadamente mano de obra esclava, se tomaron decisiones guiadas exclusivamente por el odio, que prevaleció sobre cualquier lógica económica, social o militar.

Ese pasado interpela directamente al presente. Vivimos en sociedades globalizadas y atravesadas por entornos digitales donde las ideas circulan con velocidad, se replican sin contexto y muchas veces se aceptan sin reflexión. Discursos de odio, relativizaciones y banalizaciones encuentran terreno fértil en el desconocimiento. Frente a ello, el conocimiento se vuelve una herramienta central: hoy es más fácil que nunca investigar, contrastar fuentes y comprender, pero también es mayor la responsabilidad de hacerlo.

Por eso, estudiar la Shoá no es sólo un ejercicio de memoria, sino un compromiso activo con la educación y el pensamiento crítico. Denunciar su trivialización, su banalización o su negación no responde a una sensibilidad del pasado, sino a una necesidad del presente. El negacionismo no es una opinión ni una postura académica: es una forma extrema de antisemitismo que busca vaciar de sentido el crimen para volverlo posible.

La memoria nos convoca a mirar hacia adelante. A transformar la información en conocimiento, el conocimiento en comprensión y la comprensión en responsabilidad colectiva. A trabajar para que el pasado trágico de nuestros abuelos no se convierta jamás en el futuro de nuestros nietos. Ese compromiso, que atraviesa generaciones y sociedades, sigue expresándose en un mandato irrenunciable: Nunca Más.