Facundo Rodríguez

Facundo Rodríguez

Jefe de redacción de Que Pasa Salta.
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Maduro cayó y Trump avanzó: cuando el autoritarismo cambia de bandera

La detención de Nicolás Maduro tras una operación militar ordenada por Donald Trump reavivó un debate tan viejo como incómodo: hasta dónde puede llegar una potencia en nombre de la democracia.

Este fin de semana el escenario geopolítico que creíamos enterrado volvió al centro de los debates globales: una operación militar ordenada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, atacó Caracas y derivó en la captura de Nicolás Maduro, lo que el propio mandatario norteamericano describió como parte de su "batalla contra el narco-terrorismo" y aseguró que EE. UU. "gobernará Venezuela hasta que se pueda conducir una transición segura". La noticia -cargada de bombas, humo y decenas de muertos- hizo temblar viejas certezas sobre la soberanía en América Latina y reavivó fantasmas de intervencionismo que creíamos superados. 

El relato oficial en Washington mezcla frases sobre democracia, lucha contra la corrupción y terrorismo, pero el hecho es insólito: tropas estadounidenses bombardean la capital de un país soberano, detienen a su presidente y lo trasladan a un tribunal en suelo norteamericano sin autorización del Congreso ni respaldo de la ONU. Expertos en derecho internacional ya advierten que esta acción "viola claramente el derecho internacional" y sienta un precedente sumamente peligroso.

La retórica de Trump, que habla de "liberar" a Venezuela, no se diferencia tanto de los discursos que justificaron viejas invasiones del siglo XIX o del XX. El largo historial de intervenciones estadounidenses en América Latina -desde la guerra hispano-estadounidense de 1898 hasta la invasión de Panamá en 1989- muestra que EE. UU. ha actuado repetidamente bajo pretextos que mezclan alto idealismo con intereses estratégicos, económicos o de poder.

Ese historial no está exento de contradicciones: muchas veces, operaciones con supuestos fines humanitarios o de defensa de la democracia terminaron reforzando regímenes autoritarios o generando caos político y social. Países de la región conocen bien historias como la de la Operación Cóndor en los años '70 y '80, una coordinación represiva respaldada tácita o explícitamente por Washington contra movimientos democráticos y populares.

Por su parte, lo que ocurre en Venezuela bajo Maduro también ha sido objeto de debate legítimo. Su gobierno fue denunciado internacionalmente por prácticas autoritarias, violaciones de derechos humanos y manipulación de procesos electorales, algo que incluso alimentó sanciones y tensiones diplomáticas. La oposición internacional a sus métodos tiene un fundamento claro: nadie puede soslayar los abusos si se pretende defender los valores democráticos.

Pero criticar a un régimen no justifica el uso de la fuerza unilateral para resolver disputas políticas internas. ¿Cuánto ha cambiado realmente la política exterior cuando el principal actor global decide saltarse mecanismos multilaterales y constitucionales para imponer su propia versión de "orden"? Y más aún: ¿con qué legitimidad se proclama que un país "gobernará" otro hasta que se cumpla una transición que nadie acordó?

El mundo de este lunes ya no es el de hace dos décadas. La soberanía nacional, el derecho internacional y las instituciones multilaterales están teóricamente más blindados que nunca. Aun así, la operación en Venezuela nos obliga a preguntar: ¿hemos aprendido algo de la historia o simplemente la repetimos con distintos disfraces?

La respuesta está más cerca de un espejo que de una declaración de principios. Porque el autoritarismo, ya sea de un gobierno que reprime a su pueblo o de otro que decide intervenir sin consenso, no se combate con más autoritarismo, sino con normas claras, respeto al derecho internacional y, sobre todo, con la coherencia moral que muchas veces se invoca, pero pocas se practica.

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