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Un viernes a los treinta.

Con la voz entre cortada pronuncio un “si” casi inseguro, aun así en sus ojos se dibujaba una sonrisa, ellos brillaron eternos con el reflejo de la luz en sus pupilas. Era viernes como olvidarlo, ese mismo día exactamente hace treinta años llegaba al mundo envuelta en vibraciones nuevas para ...

Con la voz entre cortada pronuncio un “si” casi inseguro, aun así en sus ojos se dibujaba una sonrisa, ellos brillaron eternos con el reflejo de la luz en sus pupilas. Era viernes como olvidarlo, ese mismo día exactamente hace treinta años llegaba al mundo envuelta en vibraciones nuevas para el mundo. Aquella tarde la tome de manera distinta a las otras, me llene valor al mismo tiempo que me anime a buscarla de una forma particular a las que venía inventando semanas atrás, donde seis horas por día entre las tres y las nueve de la noche solo me ganaba la ansiedad por llegar al trabajo, subir corriendo las escaleras hasta el tercer piso y esperar con mucha atención a que la puerta se abriera y su figura la cruzara para sentarse justo en frente de mis ojos. Un vestido de flores y unas zapatillas rojas de tela eran las únicas dos prendas que cubrían su cuerpo, después de saludar a todos los presentes su lugar el único vacío en toda la sala era justo a dos metros de mis pies.

Y apenas llegaba sin decir una palabra, sus anteojos rojos hacían juego con el fuego encendido entre los dos, primero una mirada, paso siguiente una mueca encendida, y por ultimo esos pies juguetones comenzaban el juego, eran como rutinas las caricias en los tobillos, de a momentos los dedos suaves subiendo atrevido y despacio hasta las rodillas, podía sentir su piel erizada, el fuego penetrando los cuerpos y  que decir de sus dientes blancos, delataban cualquier inicio por esconder lo que debajo de aquella mesa estaba sucediendo.
Estas travesuras me duraron tan solo una o dos semanas, durante este tiempo nunca nada más que tres palabras suficiente para encender una seducción entre ambos "¿hola como estas?".  Viernes el día de su cumpleaños preste más atención que de costumbre a sus palabras, obvio nunca dirigidas a mí. La escuche hablar de un deseo note que sus ganas estaban puestas en salir de aquel lugar, escaparse a cualquier sitio donde pudiera olvidarse  tan solo unos días de la ciudad, los libros, el trabajo y tantos problemas que son evidentes con el sistema. Ella quería libertad sentir el viento golpeando fuerte en sus mejillas, quizás una lluvia de madrugada, reír, saltar, ver la creación imponente ante sus ojos, mientras  comentaba cuanto quería yo del otro lado en un universo paralelo con las mismas ansiedades me fui imaginando paisajes en mi mente.
Tome una calculadora, repase mis gastos, hice los números cayendo en la alegría de que unos pesos sobrantes serian suficiente para escaparnos hacia el centro de nosotros mismos.


Pasaron unos minutos mientras yo escuchaba la charla disimulando prestar atención a mis labores, invente unas necesidades humanas para bajar las escaleras y escaparme al buffet por unos chocolates de esos que alguna vez escuche la hacían sonreír; “¿podes bajar?” le dije por teléfono en menos de lo que tarda un pestañeo la vi parada frente a mí, solo pude decir “Feliz cumpleaños”, con  mi voz algo nerviosa y mis ojos escondidos por lo bajo tome su mano deje el chocolate y aun con más valor que antes e inventando seguridad pregunte, “¿Quieres tomar un colectivo conmigo y escaparte este fin de semana? antes de que dijera si remate, “ya tengo los pasajes” y allí justo en ese largo rato en que dura un segundo todo cambio, fue la respuestas que dio inicio a un cosquilleo que dura hasta hoy, con la voz entre cortada pronuncio un “si” casi inseguro, aun así en sus ojos se dibujaba una sonrisa ellos brillaron eternos con el reflejo de la luz en sus pupilas.

 

Por: Cristian M.

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