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Entre Rosario y Mar del Plata

La ciudadanía, entendida como categoría política, es producto de luchas. La conquista de derechos es historia de sangre derramada. Pero me niego a aceptar que el único camino a una sociedad más justa es el del desconocimiento, el menosprecio, el total desconocimiento o el puro desinterés hacia el derecho del otro.

Lo acontecido el fin de semana pasado, en el Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario por un lado, y en Mar del Plata del otro, dio pie a muchas discusiones, muchas opiniones enfrentadas, y esta es la mía: repudio la violencia contra las mujeres, repudio la destrucción de una ciudad y repudio la opresión desmedida por parte de la fuerza pública; y no creo que ninguno justifique al otro, porque vivo en la ilusión de que somos lo suficientemente evolucionados y civilizados como para que no haga falta. Creo que la justicia a mano no lleva a buen puerto, que las leyes no hacen magia y que valores como el respeto, la honestidad y el trabajo son cosas que deberíamos ir rescatando.

Soy mujer, y me gusta saber que si algún día me pasa algo, muchas personas se movilizarían pidiendo justicia, y entiendo que vivimos una situación de emergencia en la que vidas se pierden todos los días a raíz de la idea de que tienen algunos de que podemos ser cosificadas. Es fácil abstraerse y verlo como algo que le pasa a “otras”, y que si “hacemos las cosas bien y nos cuidamos no nos va a pasar nada”. Pero no creo que ninguna mujer salga de su casa pensado “seguro que hoy no vuelvo”. En junio, previo a la marcha #NiUnaMenos, la ONG  La Casa del Encuentro, reveló que, a nivel nacional,  entre el 1° de junio del 2015 y el 31 de mayo un promedio de tres mujeres fueron asesinadas cada cuatro días. Si esto nos parece aceptable, como sociedad tenemos mucho para replantearnos.

También tengo presente que la violencia hacia las mujeres se manifiesta cotidianamente en formas más sutiles, en sus relaciones, en las expectativas de la sociedad, en su trabajo…

La vida -  cuerpo, trabajo, ideas, creaciones, emociones -  de una mujer vale, ni más ni menos que la de un hombre. Pero que el poder decir esto con tanta certeza no nos sesgue ante la realidad de que no todos lo entienden o lo sienten así: desde quien “piropea” en la calle, las publicidades que refuerzan estereotipos tanto de mujeres como de hombres, la persona que se olvida de los límites en un boliche,  la señora que me dijo que “los problemas de los matrimonios comenzaron cuando la mujer tuvo que salir a trabajar”, las ofertas de trabajo laborales para estudiantes de derecho “ de sexo femenino, buena presentación, de entre 20 y 25 años”, y personas que comparten las ideas Donald Trump y sus comentarios manifiestamente sexistas. Naturalizar no está bien, y convencernos de la idea de que esta violencia no existe o que no es tan grave, tampoco.

Dicho esto, no creo que grafitear una escuela ayude mucho a cambiar la situación: si pretendemos construir una sociedad más educada e integrada, no veo cómo atentar contra el lugar donde niños y niñas (resalto, pequeñas mujeres) van todos los días a estudiar, a aprender a ser futuros ciudadanos, a cuidar lo propio y respetar lo ajeno, les pueda enseñar mucho acerca de aceptar al otro, a ayudarse entre ellos y a aceptar y celebrar las diferencias. No entiendo cómo pintar insultos en edificios públicos (que, no olvidemos, son mantenidos con los impuestos que pagan todos) puede coadyuvar a un mayor sentido de unión y comunidad; ni como dañar intencionalmente los bienes de particulares puede convocar a un mayor apoyo por parte de la comunidad. Escupir a la Catedral, lugar sagrado para quienes viven en la fe, no puede ser incentivo a tolerancia y aceptación, si no a mayor división. No soy, por decir esto, “lloraparedes”: es más que lamentable que la violación a la propiedad vivida por los habitantes de Rosario despierte mayor reacción que la trágica e inhumana violación a la integridad sexual y, más aun, al derecho a la vida; esto me resulta injustificable. Será, quizás, porque nos identificamos más, y nos sentimos más vulnerables y expuestos a un robo u otra forma de atentado contra nuestros bienes, por parecernos más probable; o porque nos queremos alejar del dolor que nos causa ver las cosas como son. Cualquiera sea el motivo, no debería llevarnos a restar importancia a lo sucedido.

 Mi opinión no es guiada por una mentalidad capitalista, no pretendo defender incuestionablemente el derecho a la propiedad, derecho en torno al cual se construye todo un ordenamiento y sistema social. Soy de más consciente de las injusticias que genera y de la extrema exclusión que trae aparejado un capitalismo sin un control adecuado: ¿quién, antes de llegar a esta vida, hizo algo para merecer nacer con las oportunidades que lo ubicaron en una situación de privilegio? Sólo busco rescatar un mínimo de respeto hacia el otro, hacia lo que logró, y lo que todos lograron, con su trabajo.

Me animo a decir con esto que lo que hizo aquel grupo de mujeres, si bien con intereses completamente legítimos y motivos de lucha merecedores de ser escuchados, no me representa en el modo en que eligió manifestarse, y no refleja mis principios (sin que esto signifique que merecían ser objeto de la violencia impartida como lo fue por parte de la fuerza pública). Me representan las miles de mujeres que marcharon en paz, y que se reunieron a discutir y llegar a acuerdos, creando una plataforma para la expresión de opiniones de diversos sectores. Si la ciudadanía es producto de luchas, creo que esta es la forma de lucha que tiene que primar: la unión, la motivación y el apoyo entre mujeres; no aceptar las cosas por la fuerza de la tradición cuando implican desconocer la dignidad de una persona; ser ejemplo de tolerancia y aceptación ante la diversidad;  la toma de conciencia de lo que está sucediendo, el interés y la participación activa de la vida política, exigiendo el cumplimiento de lo que debe ser. Creo que es este el camino a seguir para lograr que los derechos aún no reconocidos sean plasmados en leyes, que los ya reconocidos sean efectivamente protegidos, y que un cambio de ideología sea aceptado por la sociedad.

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