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Despotismos y revoluciones

DESPOTISMOS Y REVOLUCIONES

por

LEONARDO  STREJILEVICH

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena, haber nacido yo para tener que arreglarlo!”

W. Shakespeare (Hamlet)

“En política, son los medios los que deben justificar el fin”

Albert Camus

 

La actitud política busca acuerdos, el acuerdo con los demás, la coordinación, la organización entre muchos de lo que afecta a muchos.

En política es imprescindible convencer o dejarse convencer por otros. En política se trata de crear instituciones, leyes, formas duraderas de administración, mecanismos delicados de fisiología social.

Los seres humanos vivimos en un laberinto donde se entrecruzan el presente y el pasado, el mal y el bien, la nostalgia y la esperanza, palabras, sensaciones, recuerdos, vueltas y revueltas; hay que buscar la salida del laberinto eligiendo caminos, girando a izquierda o derecha o retrocediendo cuando se llega a un callejón sin salida, acompañando a los que se encuentran más perdidos, desorientados y desesperados que nosotros.

Los griegos denominaban “idiotés” a los que no intervenían en política. Esta palabra significa persona aislada, sin nada que ofrecer a los demás, obsesionada por pequeñeces y manipulada por todos. De esa idiotés deriva el idiota actual.

Gracias a técnicas organizadoras se puede convertir a toda una ciudad y también a todo un Estado en un rígido mecanismo de obediencia, cercenar toda autonomía individual, impedir toda libertad de pensamiento o ideas, favorecer en todo momento el empoderamiento de una exclusiva doctrina. Todo lo que poseía algún poder o un grado de autonomía se somete a la omnipotencia: las autoridades, los municipios, las universidades, la justicia, las finanzas, la moral, los clérigos, las escuelas, las prisiones, la palabra escrita, la hablada y hasta la murmurada en secreto.

La doctrina o la ideología se convierte en ley y a quien se atreva a alzar alguna objeción o crítica le espera, excepto la hoguera como hace siglos, la prisión, el destierro, el exilio.

En toda tiranía se consiente una única verdad y el que ejerce el poder político aparenta ser un profeta coaligado políticamente con numerosos personajes adictos.

Se cae en la tentación y muchas veces se logra transformar la mayoría en unanimidad, apartar y destruir a la oposición, imponer un dogma a los que no pertenecen al partido de gobierno y rodearse de aduladores, personas acomodaticias, lisonjeadores, eternos concurrentes obligados a los actos públicos. Estigmatizan usando el poder del estado toda opinión adversa, acuden a un poder seleccionador y declaran soterradamente la guerra a la libertad.

Jamás triunfó hasta ahora y a la corta o a la larga, el imponer en forma autoritaria una única religión, una única filosofía, una única forma de opinión, una única forma de modelo político o ideológico; los pueblos siempre sabrán resistirse al sometimiento, la servidumbre y a pensar sólo en forma prescritas previamente.

Los tiramos, dictadores y autoritarios son violentos monomaníacos que tratan de imponer su verdad como única y exclusiva. Estos frenéticos pedantes del fanatismo usan palabras exaltadas que anteceden al uso de las armas que están detrás de esas palabras y desencadenan inminentes y espantosas guerras.

Las “revoluciones de la calle” suelen ser improductivas con un sesgo de arrebato, violencia y fanatismo con la intención de abatir un orden antiguo llamado a erigir otro nuevo pero en general son sólo reformadoras, manifiestan rebeldía, con su furia suscitan tormentas, excitan el odio de las masas pero casi nunca construyen nada. Un revolucionario de la calle adolece de espíritu constructivo, con el arrebato y la violencia está terminada su acción; para reedificar tiene que surgir otra cosa, un proyecto y otra gente.

Algunas veces, con honrado asentimiento, un pueblo no advierte que paga caro las transitorias ventajas de una dictadura y se deja despojar de sus derechos personales o sociales, cada nueva limitación impuesta se paga al precio de una antigua libertad.

Un despotismo dogmático es más duro que todo poder hereditario. Aquellos que asumen el dominio político por una revolución son más tarde los menos considerados y los más intolerantes contra toda novedad o cambio.

Todas las dictaduras comienzan por una idea pero toda idea adquiere forma y color gracias a los hombres que la realizan. Muchas dictaduras utilizan el terrorismo de estado en forma sistemática y despóticamente practicado para paralizar la voluntad del individuo y socavar a toda la comunidad por el miedo. La cobardía general se transforma en auxiliar y encubridora, se acechan los ciudadanos unos a otros, delatan, denuncian y acatan todas las órdenes emanadas del poder.

Después de las grandezas de los pueblos vienen las decadencias en ciclos políticos y socioeconómicos. Cuando el poder político es absorbente, totalitario y muchas veces despótico, hay fanáticos y fundamentalistas en la sociedad, la clase alta ignora y desconoce las necesidades de las mayorías, el pueblo no está educado y está envilecido y los gobiernos acumulan desaciertos, torpezas e indignidades la sociedad se conmociona locamente y la desdicha cunde. Es costosa la manía de grandezas y de las glorias de cualquier índole.

Desde muy antiguo muchos gobiernos heredaron la costumbre de vivir rodeados de bufones, adulones, vividores, sabandijas e inservibles mientras que al mismo tiempo no toleraban las libertades, las opiniones y los consejos de políticos ilustres. Muchos de los primeros han sido mantenidos con holgura y regalo que ya hubieran querido para sí hombres de valor que padecieron hambre, desprecio y destierro.

Para conducir no suele ser útil quien mejor ejecuta sino quien sabe instalar las condiciones propicias al desenvolvimiento de los recursos propios de la sociedad y de su gente.

Ninguna doctrina se hace más justa, ninguna verdad más verdadera si se anuncia y reitera gritando y se afana por imponerse; ninguna puede llevarse artificialmente más allá de los límites de su extensión por medio de una violenta y machacona propaganda y mucho menos se hace verdadera una doctrina o una idea trascendente persiguiendo a los hombres que se le resisten por razón de sus opiniones.

El pensamiento único fuerza inevitablemente a la injusticia en la acción y donde quiera que un hombre o un pueblo estén por completo imbuídos de fanatismo por una única concepción trascendente, no queda espacio para la inteligencia, la libertad y la tolerancia. El pueblo se transforma en una horda con cruento furor y además esclava del poder con la docilidad del rebaño.

Todo despotismo envejece o se enfría con el tiempo, todas sus ideologías y victorias son transitorias y terminan con su época; sólo la idea de la libertad, idea de las ideas, no queda jamás vencida.

 

E-mail: strejileonardo@hotmail.com

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