Opinión
Matías Canepa
Concejal
Para reflexionar

El abrazo de la abuela

Muchos dicen que la soledad es una epidemia de este siglo.

Cada tanto se conocen historias de personas a las que encuentran muertas en sus casas, después de mucho tiempo de haber fallecido, solas.

Esto sólo puede suceder porque nadie las tuvo en cuenta, nadie se preocupó por ellas.

Seguramente estas vidas se fueron apagando porque no podían compartir sus sentimientos, no recibían ni podían dar amor ni compresión, no podían dar ni recibir abrazos.

La soledad sólo es buena compañera cuando ayuda a volver a centrar nuestra existencia, cuando es una herramienta para reflexionar sobre la vida que llevamos y a descubrir sentidos y razones valiosas que orienten el camino de la propia existencia y motiven a vivir una vida plena, aún en medio de dificultades y tragedias.

También lo es, cuando es un medio para despejar la mente de tantos estímulos dañosos que se reciben en el mundo hiperconectado y consumista de hoy.

La soledad para "mirarse a sí mismo", para reflexionar sobre cual es la misión de cada uno en el lugar, las circunstancias y el tiempo que le toca vivir, es un ejercicio que esta sociedad no valora mucho porque sólo fortalece el deseo de que se imprima velocidad para experimentar y producir, que se camine rápido no importa a dónde. Sin embargo, ésta también es una soledad que nos hace crecer.

Distinto es el caso de la descripta al comienzo, que es una soledad que daña, muchas veces hasta matar.

No tener con quien hablar ni compartir, hace de la vida un especie de infierno. El lenguaje más frío de los informes médicos dicen que esa soledad causa enfermedades cardiovasculares, problemas en el sistema inmunológico, demencia, depresión y ansiedad. También puede acabar en el suicidio.

Se señala que en las ciudades, más personas viven solas y esto es un factor a tener en cuenta. Sin embargo, la soledad puede afectar a personas que viven con otros, así como también personas que viven solas pueden tener una vida plena de relaciones con los demás.

En lo esencial la soledad es falta de amor y también, en algunos casos, incapacidad de darlo. La soledad en nuestro tiempo, tiene múltiples causas, que no podemos abordar en estas reflexiones, pero cada uno podría preguntarse: ¿Por qué nos distraemos con tantas cosas y nos cuesta dar nuestro tiempo al que necesita de una palabra de consuelo, una mirada de amor o simplemente estar con otro?; ¿por qué nuestra cultura nos hace más incapaces para establecer relaciones genuinas y profundas y se hacen más comunes las relaciones fugaces o interesadas con los demás personas, lo que conduce a quedar más aislados y solos que antes?; ¿por qué nos cuesta comprender que la vida del ser humano, que es tan frágil e insignificante en relación al cosmos que lo rodea y a la dimensión del tiempo y de historia, sólo puede colmar sus anhelos y su soledad cuando se encuentra desde el amor con el semejante?

En Inglaterra se creó un área de gobierno para implementar políticas públicas que eviten esta soledad que mata.

Quizás el camino más importante en este sentido sea instrumentar políticas de formación en las escuelas, colegios y universidades que enseñen a aprender a desarrollar relaciones saludables, a entendernos como seres sociales y evitar que el individualismo en el que vivimos y la tecnología mal usada nos separe aún más.

También puede ayudar el fomentar espacios para socializar, como son los clubes y centros para los adultos mayores, o promover con mucha fuerza el trabajo de voluntariado que nos hace descubrir el valor inmenso de dar tiempo para servir a los otros y encontrarnos con los demás. Esto contribuye mucho a que las personas salgan de su soledad, o, aquellos que no la padezcan, crezcan al iluminar con su afecto la vida de alguien que está solo.

Los estudios dicen que la soledad está dañando más a nuestros abuelos, que sufren cuando son abandonados por sus familiares, si los tienen, o porque nadie, ni el vecino siquiera, se preocupa si necesita que le haga alguna compra o si se cayó en su casa y no se puede levantar. Pero también nuestros niños y jóvenes padecen este flagelo.

No hay política pública que suplante el afecto que cada persona puede dar.

Muchos podemos haber sentido, no sólo cuando fuimos niños, sino en cualquier época de la vida, que el abrazo de la abuela era un bálsamo que impedía que nos sintamos solos. Si pudiéramos recordar ese abrazo, quizá nos sintamos motivados a multiplicarlo y evitar que alguien sufra por sentirse solo en la vida y muera de a poco. Hagamos nuestra parte, aprendamos a percibir la soledad del otro y ayudemos a romperla. Seamos el abrazo de la abuela.

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