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Día de Reyes / Pelota de Goma: Un cuento para revivir la magia de los Reyes

Dedicado a todos los Reyes Magos y, en especial, para aquellos que no pueden cumplir con el pedido de los chicos por diferentes motivos. Un homenaje de Tiro Libre para todos ellos.

Pelota de Goma: Un cuento para revivir la magia de los Reyes

La vereda todavía conservaba los charquitos de agua de la lluvia de la noche anterior. Yo me había levantado temprano aquel 6 de enero de 1967. Con la ilusión de siempre me fui a fijar en las zapatillas. Entonces la vi. Era mediana, pero lo suficientemente grande como para tapar los remiendos de las "flecha" azules que mi vieja me había comprado hacía un par de meses, y cuyo uso la pobreza obligaba a estirar.

 

La pelota de goma que me habían dejado los Reyes Magos distaba de ser el fútbol número 5 que les había pedido. Pensaba que a lo mejor los Reyes se habían molestado porque la carta la había escrito de modo desprolijo en un pedazo de papel que había encontrado en la calle.

 

Mi viejo, como siempre, se levantó a las siete, y prendió el fuego en el brasero para calentar el agua para el mate cocido. "Che, qué linda que está esa pelota, se portaron los Reyes con vos, ¿no?", me dijo con una sonrisa tímida. Yo me hice el distraído, le contesté de mala gana porque mi solicitud pasaba por otro lado, por una número 5. Pero bueno, pensé, peor es nada.

 

Salí a la calle con mi pelota colorada a rayas finitas debajo del brazo. Lo primero que escuché fue la cargada del Gordo Simuliuna, un grandote que vivía en el monobloque frente al taller de mi viejo. "Che, ¿ése es el fútbol que te trajeron los Reyes?, disparó con ironía mientras palanganeaba con la bici nueva que le habían dejado a él.

 

Uno a uno fueron desfilando delante de mí trenes a pilas, autos de carreras, las clásicas camisetas de Boca y River. "Parece que los Reyes se gastaron todo en la cuadra y no tuvieron tiempo de dejarme la número cinco", pensaba a modo de consuelo. "Será porque mi casa queda al fondo del taller y hasta allá se les hizo muy difícil llegar", deducía.

 

Sentí una sensación rara de bronca y vergüenza, de ver tanto lo de ellos, de ver tan poco lo mío. De pronto se me habían ido las ganas de jugar. Me metí de nuevo en el taller y encontré a mi viejo sentado en un auto desarmado. Tenía el jarro de mate en una mano, mientras con la cuchara que aferraba en la otra sacaba los palos de la yerba que nadaban en la superficie. Lo noté preocupado, con la mirada perdida hacia la calle. Le pregunté qué le pasaba. Me dijo que la cosa se estaba poniendo brava. Me contó que todos los principios de años pasaba lo mismo, que desde diciembre hasta febrero el laburo escasea y la plata, también.

 

Entonces tuvo un gesto hermoso: me pidió disculpas en nombre de Melchor, Gaspar y Baltazar. Me dijo que había estado hablando con los Reyes Magos, y que le explicaron que querían regalarme la número cinco, pero que tuvieron un problema con uno de los camellos y por eso no pudieron cumplir con mi pedido.

 

Y se emocionó, y lloró, y lloramos juntos un rato, abrazados en el fondo del taller. Después le di un beso grande, y me fui a jugar afuera, con mi pelota de goma.

 

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