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redes sociales / Por qué el 13 % de la gente con internet tiene fobia a las redes sociales

El miedo a la exposición pública y a desperdiciar el tiempo, entre las razones de quienes prefieren estar lejos de la redes.

Si (casi) todos en Argentina tienen teléfonos celulares, y quienes usan internet en el país son una mayoría tan cómoda que no iría a un balotaje, y si de ese volumen el 90 por ciento ejerce una ciudadanía cuando no desnuda el alma en las redes sociales... ¿Por qué todavía hay algunos que se resisten a la marea de exposición e intercambio?

Una respuesta promedio sería: porque no quieren, no quieren, no quieren, no quieren.

Analicen el caso de Mili, 46 años, de Villa Tesei. Miren lo que le pasó:

“Un día recibí un mail de una ex compañera. Me felicitaba por mis hijos, qué grandes que están, qué lindos, me decía.” Lo que se estila en estos casos. “Hacía años que no la veía y le pregunté cómo los había visto y adónde. Me contestó que en Facebook, en unas fotos del cumpleaños del nene.”

¿En cuáles? Resulta que Mili, Miriam Starinieri, docente, bibliotecaria, dueña de un negocio de comidas en el Microcentro, no usa redes sociales. Su marido, Fernando Luque, 40 años, ingeniero, tampoco. Es una política familiar: a los chicos, por ahora, tampoco se lo permiten.

¿Y entonces? “Ahí me enteré de que la gente del pelotero adonde habíamos hecho la fiesta había publicado las fotos. Y, de alguna forma, mi ex compañera había llegado a verlas. Por supuesto, me fui a quejar”, dice Mili, que en su momento se amargó mucho y ahora se lo toma con humor. Lo que no significa que piense aflojar en la resistencia.

Los Starinieri-Luque forman parte del 13 por ciento de quienes usan internet de varias maneras (navegar, mandar mails, whasapear), pero se niega a participar o no se siente atraído por las redes sociales. El porcentaje surge de un relevamiento de la investigadora de mercado DatosClaros entre mayores de 18 años, en áreas metropolitanas y ciudades del interior.

¿Cuánta gente es? Si en la Argentina, según el cálculo de 2015 de la consultora en medios digitales eMarketer, hay 29 millones de usuarios de internet (66 por ciento de la población, un 12 por ciento por encima de la media de la región), los que están afuera rondarían las 3,8 milones de personas. Muchas, es verdad, pero una evidente minoría.

¿Y cuáles son las razones de los que no están? “En mi caso, el motivo es que no veo la necesidad: prefiero usar el tiempo para hacer otras cosas mejores en mi vida”, responde Horacio Acebedo, abogado en el rubro previsional, vecino de la Ciudad.

Datos oficiales de Facebook revelan un crecimiento del uso promocional de las redes. Por ejemplo, más de un 80 por ciento de las pymes las aprovechan para sumar clientes y lograr fidelidad. Pero el abogado sostiene que a su estudio le va muy bien con el boca a boca y le basta con la trayectoria: “No me hacen falta las redes para el trabajo y tampoco las necesito para la vida personal. No me gusta la exposición y creo que no sólo no me estoy perdiendo nada sino que hay una ganancia, porque puedo ver la realidad con mis propios ojos”.

Ese fantasma de la “verdad distorsionada”, la desconfianza, está muy presente. “Es muy fácil que a uno le mientan en las redes, y tampoco me interesa hablar con gente que no conozco”, se planta Acebedo. Piensa que si se tentara, se distraería de su gusto por la lectura: “Borges, los clásicos, un poco de todo. Prefiero los libros”.

Carmen Castro, una chica que trabaja en casas de familia, es minoría en un grupo intenso. Son los llamados millenials, jóvenes sub 30 que pasan casi todo el día en las redes y conectarse a ellas es lo primero que hacen a la mañana y lo último cuando se van a dormir. Un estudio de ComScore precisó que los usuarios de esta franja de edad utilizan Facebook para compartir sentimientos un 41 por ciento más que los usuarios de otras edades. Y actualizan su estado un 26 por ciento más. Pero Carmen, que tiene 26 años, no se engancha: “No uso las redes porque siento que son una pérdida de tiempo. Y, la verdad, no les encuentro utilidad. Tampoco entiendo el fanatismo de los otros”.

La presión social para entrar, claro, existe. En el caso de Mili y Fernando viene por el lado de los compañeritos de los hijos: “Muchos de los amigos de ellos tienen y los tientan. Y ellos nos meten presión a nosotros para que los dejemos. Pero las redes nos parecen algo incontrolable. ¡El chusmerío que hay! Me dicen: ‘Te contactás con gente que hace mucho que no ves’. Y yo digo: ‘¿Para qué la voy a querer contactar?’ Con la gente con la que quisimos conservar el vínculo nos arreglamos para estar en contacto”, razona la docente.

Facebook saca una ventaja grande en los números. En la Argentina, los usuarios que entran al menos una vez al mes son 25 millones. De ellos, un 71 por ciento da el presente todos los días. En la empresa sostienen que un 86 por ciento de las personas con acceso a internet en la Argentina están en esta red. Twitter, según datos oficiales de 2014, está en los 4,7 millones de usuarios. Instagram (una red social óptima para compartir fotos) tiene 300 millones en el mundo. Todavía no difundió públicamente los datos por países, pero el crecimiento entre los adolescentes y los jóvenes es notorio. Basta con tener uno en la familia.

Y otra vez: ¿qué pasa con los que están afuera? ¿Es una militancia anti o no se animan? Para Federico Biquard, gerente de marketing de Facebook para el Cono Sur, hay que buscar la respuesta desde otra perspectiva. “La pregunta quizá debería ser por qué todavía hay 14 millones de argentinos sin siquiera acceso a internet y privados de las oportunidades que ofrece la conectividad”, planteó a Viva.
Hay, también, un derecho a no querer enterarse. “Las redes te muestran cosas que para mí son ilógicas o asuntos que no querés ver. A veces espío algo a través de mis hijos, que las usan, pero no es una cosa que yo necesite”, explica Pilar Valdez, de 52 años, ama de casa de Lanús.

Muchos acceden a las redes con el teléfono celular. Según el gerente de Facebook, un 76 por ciento de los que entran mensualmente lo hacen desde dispositivos móviles. Señora entusiasta y comunicativa, Gladis Quizama, jubilada de Villa Centenario, en Lomas, usa el suyo sólo para mandar mensajes de texto. Aunque suele aparecer en las redes en contra de su voluntad.

Su “pesadilla” amorosa es su hija Vanesa. “Ella usa las redes por mí y por todos los demás”, rezonga y se divierte a la vez. “Yo no tengo por qué estar ventilando todo el tiempo lo que hago y con la gente me comunico igual sin necesidad de andar exponiendo la vida íntima. Pero... ¿qué pasa? Un día me pongo unos zapatos y va mi hija, me saca una foto, la sube y pone: Pies de princesa”.

Un caso raro es el de Ubaldo Luna, 47, periodista de múltiples medios barriales en Hurlingham. Pese a su profesión, no usa nada de nada.

“No tengo intelectualizado por qué lo hago. Pero supongo –ensaya– que como tengo otros medios de expresión para compartir gustos y decir lo que pienso, lo vuelco ahí y no necesito de las redes. Y para informarme me alcanza con los medios de siempre.”

También cree que la prescindencia lo pone a salvo de algunas cosas: “Pienso que si participara, me la pasaría peleando. Convengamos que hoy nadie discute para intercambiar ideas sino para imponer las suyas.”

Y le parece que afuera está preservado de más amenazas: “Me cuentan que las redes son un gran masajeador del ego, y eso no me interesa. De lo que pasa ahí me llegan datos a través de mis hijos, que tienen 14 y 17 años y me comentan lo que publican los amigos. A veces me muestran cosas que hace o que opina gente que conozco, y entonces, ves, termino de entender por qué no estoy."

Fuente: Clarín

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