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Sexualidad / Viagra rosa: píldora amarga

La llegada del “viagra femenino” es celebrada como una nueva prueba de la igualdad que hemos conquistado las mujeres. ¿Liberación sexual o negocio farmacéutico?.

Viagra rosa: píldora amarga

Hace unas semanas el organismo que autoriza la distribución de medicamentos en Estados Unidos, llamada FDA por sus siglas en inglés, informó que permitiría la comercialización de la pastilla Addyi del laboratorio Sprout Pharmaceuticals. Esta píldora, que se origina en un antidepresivo, actúa sobre los químicos del cerebro y exige un tratamiento prolongado, además de contar con un sinfín de contraindicaciones.

Estrictamente hablando, Addyi fue diseñado para un “trastorno” denominado por la corporación médica “trastorno de deseo sexual hipoactivo” (TDSH). Según los propios profesionales, la pastilla podría (condicional subrayado) actuar realmente solo sobre el 10 % de las mujeres.

Rosa y azul

La principal diferencia con su compañera azul, el Viagra, es que Addyi no actuaría como un apoyo del rendimiento físico, lo haría sobre el deseo sexual. El primer mensaje que se envía es que los varones solo necesitan un “apuntalamiento” físico para “mejorar” su sexualidad mientras las mujeres deben ser tratadas con antidepresivos porque el problema es su deseo. La pastilla no trata ningún problema físico podría mejorar la experiencia sexual.

En lo que coinciden ambas pastillas es en eludir el por qué de la ausencia del deseo. Patologizar para no cuestionar. En los varones no se trata como problema por fuera del aspecto físico (falta de erección), y en las mujeres solo se trata como patología, un “trastorno” del deseo. No hace falta aclarar que todas las “dolencias” se abordan desde un punto de vista heteronormativo, ignorando el sinfín de variaciones existentes en la actividad sexual humana.

Sin embargo, no están en discusión los factores de la vida social actual que actúan sobre el deseo, todo lo que afecta la vida de las personas. “Paradójicamente, a medida que el sexo se transforma literalmente en ‘moneda corriente’, el disciplinamiento de los cuerpos y el deseo, parece correr con ventaja. Y mientras aumenta la mercantilización de la sexualidad, paradójicamente, la falta de deseo se ha transformado en uno de los motivos más frecuentes de consulta médica y psicoanalítica” (Andrea D’Atri, Pecados Capitales, IDZ, marzo 2014).

Limitada a la sola acumulación de actividades físicas, los encuentros sexuales terminan reducidos a una cantidad de penetraciones o de orgasmos. Alejada del deseo, la sexualidad sigue estando a la sombra del modelo heteronormativo, alentado por los valores patriarcales.

El deseo, ¿y eso qué es?

La pastilla Addyi y sus antecesoras fueron y son rechazadas por gran parte de las organizaciones feministas. El documental Orgasm Inc. (Liz Canner) recorre la lucha contra los gigantes farmacéuticos que desde los años 1980 buscan un equivalente femenino del exitoso Viagra.

La industria farmacéutica y la corporación médica se pasaron décadas enteras convenciendo a las mujeres de que el deseo sexual era síntoma de histeria. Hoy, al contrario, quieren convencerlas de que cualquiera que experimenta falta de deseo engrosa las filas de los “trastornos psicológicos”.

Los “debates” acerca del deseo no ocurren por fuera de los prejuicios y tabúes que rodean la sexualidad femenina en una sociedad patriarcal. Como sostiene una de las intelectuales que testificó contra la autorización de Addyi, la socióloga y profesora de estudios sobre mujeres, Thea Cacchioni, “Hace tan sólo 150 años, los doctores nos decían que si teníamos un deseo frecuente había algo malo en nosotras. Ahora, si no tenemos deseo, hay algo malo con nosotras".

Cuando se investigan los motivos de la ausencia del deseo, los problemas físicos o “trastornos” están lejos de ser la norma. En el documental Orgasm Inc. se ven varias escenas características: mujeres jóvenes hablando de ideales inalcanzables, falta de educación sexual en las escuelas, silencio familiar. Entre esas historias, está la de una mujer que se somete a prácticas médicas invasivas porque tiene problemas en alcanzar el orgasmo (le introducen un dispositivo denominando “Orgasmatron” en la columna vertebral). Cuando comprueba que no funciona, habla con la directora del documental y le dice que en realidad ella sí tiene orgasmos pero de otras formas, y que quizás su educación religiosa la haya afectado porque siempre le enseñaron que el cuerpo y el deseo eran pecado. ¿Alguien puede sinceramente creer que su problema es físico?

En otra escena, las participantes de la prueba de una droga para aumentar la libido dicen que lo que las ayudó a tener mejores encuentros sexuales fue el hecho de estar relajadas, en un lugar cómodo, sin las preocupaciones cotidianas y el trabajo, y ver buenas películas eróticas. La mayoría de las pruebas mostraron que la droga no afectaba considerablemente su comportamiento sexual.

El deseo, como otras conductas humanas, no es algo natural sino que es parte de la cultura y la vida social. Se encuentra atravesado por prejuicios morales y religiosos. Y aunque afecta a todas las personas, la opresión de las mujeres y el machismo son parte fundamental del tabú sobre la sexualidad femenina. Toda sexualidad no reproductiva o fuera de la heteronorma es silenciada, juzgada, incluso “castigada” social y en muchos casos (aun hoy, 2015) legalmente.

La primera década del siglo XXI ha confirmado la alianza entre el patriarcado y las democracias capitalistas más o menos aggionardas. La ampliación de derechos y la “libertad sexual” mercantilizada son testigos silenciosos de una sociedad que condena a la mayoría de las mujeres y las niñas a la miseria y la violencia (física, económica e institucional). En esta contradicción aparente, el feminismo de las ONG y el lobby parlamentario ha perdido su filo y su fuerza. En las calles sigue presente la lucha por los derechos de las mujeres, el combate contra el machismo y a favor de la emancipación femenina y la liberación sexual. Y es la única perspectiva que mantiene su vigencia.

Por Celeste Murillo

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