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El dengue en primera persona / “La pasé mal y ahora nunca más abro las ventanas en mi casa”

Desde que contrajo el virus del dengue, muchas rutinas cambiaron en la vida de Paula Pérez Mato

“La pasé mal y ahora nunca más abro las ventanas en mi casa”

Paula Pérez Mato, de 32 años, ahora evita las zonas verdes y por eso no va al Tigre y a otros lugares del país. El Caribe lo tiene prohibido, ya que se expondría a una situación complicada si la vuelve a ser picada por el mosquito transmisor. Intenta vestirse con ropas claras. Y no utiliza perfume, el aroma que ahora la acompaña es el del repelente que siempre carga con ella. 

Todo esto, claro está, por recomendación del médico.

“Lo que me dijeron los infectólogos es que en caso de que tenga síntomas similares tengo que ir rápidamente a una clínica y decir que tuve dengue”.

Según le advirtieron los médicos, si es infectada con otro tipo de dengue corre el riesgo que sea el más peligroso de todos: el hemorrágico.

Todo empezó en 2012. A fines de abril, Pérez Mato se fue 14 días con dos amigas al Morro de San Pablo, Brasil. En los últimos cuatro días de sus vacaciones, las tres comenzaron a sufrir dolor de cabeza y fiebre. Se sentían todo el tiempo descompuestas, con náuseas y demás.

“Ahí tomábamos ibuprofeno y paracetamol, y más o menos con eso íbamos aliviando las molestias. Pero teníamos, yo particularmente, un cansancio muy profundo, que creía que era más por la fiebre. Al regresar Buenos Aires la fiebre y las náuseas aumentaron y empecé con los vómitos”.

Entonces llamó a un médico a su domicilio. En ese momento le dijeron que tenía gastroenteritis. Pero Paula seguía con fiebre alta. Mientras tanto, una de sus amigas se sentía muy mal y fue a la guardia del Hospital Alemán. Allí le encontraron bajo el nivel de glóbulos blancos, la dejaron en observación y empezó a ser valorada por la unidad de infectología.

Entre las opciones de lo que padecía estaba el dengue. Este episodio hizo que a Paula y a su otra amiga se le encendieran las alarmas. Cada una por separado fue a ver a un infectólogo. Y las tres tenían dengue.

“A mí me apareció un sarpullido en la planta del pie y una picazón, lo tenía como de color fucsia, me picaba muchísimo. Ahí es cuando voy al centro Stamboulian, les explico la situación de mi amiga que estaba internada y deciden hacerme un análisis de sangre”.

Luego de ser declarada con el virus, le tocó llenar un formulario que debía ser elevado a las autoridades. Después la llamaron del Hospital Pasteur y le hicieron una entrevista para saber con quiénes había tenido contacto, con cuántas personas. “Al sentirme tan mal había estado en mi casa encerrada. No había tenido contacto con nadie y era poco probable que en mi caso haya podido contagiar”, recuerda.

Su primer verano después post dengue, en 2013, Paula lo pasó un poco preocupada. Tenía miedo de ser picada por mosquitos. Aún estaba latente la mala experiencia que vivió con la enfermedad. Ya después se fue adecuando a los pequeños cambios y cuidados que debía tener. “Ahora, con la epidemia, nunca más abro las ventanas en mi casa, todo el tiempo con aire acondicionado. Uno se va guardando de cosas que no puede hacer. Mis vacaciones son ahora en función de a dónde puedo ir”, dice.



De toda su experiencia, Paula remarca algo importante: no confiarse ante los mínimos síntomas e ir a un especialista.

“Lo mío hubiera pasado por una gastroenteritis y después la fiebre se te va sola. De última, la cuestión del sarpullido podría haber sido una alergia. Puede ser que mucha gente tengan los síntomas y pase desapercibido”.

 

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