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El posparto del que nadie te habla

La foto y la historia de una mujer tres días después del parto, aún sin dormir.

El posparto del que nadie te habla

¿Pero no se supone que tener un bebé es la cosa más maravillosa del mundo, que llegan para convertirse en la luz que ilumine tus sombras, el motor que te haga funcionar cada día y aquel que te arranque una sonrisa, incluso cuando no apetece reír? ¿No se suponía que la alegría de ver el test positivo se vería consumada por fin el día en que naciera tu bebé? ¿Por qué nadie habla de ese posparto que de golpe, casi como de un día para otro, borra tu identidad, tu vida y se lleva toda tu energía?

Supongo que porque no todas las mujeres lo viven, o porque no todas las mujeres lo viven igual, pero existe. Ese posparto existe y hay mujeres que acaban como Danielle Haines, una mujer que decidió compartir su foto y su historia tres días después de dar a luz, sin haber dormido aún y destrozada, completamente destrozada, perdida, y sin haber comido apenas.

La foto es de 2013, cuando dio a luz a su hijo Ocean, pero la semana pasada decidió contar su historia, por si podía con ello ayudar a las miles de madres que se sienten raras, que se sienten diferentes, débiles e incapaces. Ayudarlas normalizando algo que sucede muchas veces, la necesidad de apoyo de muchas madres. Que parece que a las mujeres les han vendido la moto de que como eso de tener hijos lo hace todo el mundo, son ellas las que tienen que tirar para adelante con todo, a poder ser, solas. Y no, necesitan tanto apoyo y tanta ayuda como pueda brindárseles, y si no hay nada en lo que se les pueda ayudar, necesitan comprensión y cariño.

“Me volví loca…”

Danielle explicó que la foto la hizo su hermana, tres días después de que diera a luz. Ese día, en ese momento, tenía los pezones destrozados, llenos de grietas y sangre y la vulva dolorida de tanto sentarse a amamantarle. Notaba que la leche estaba ya casi subiendo, pero aún no había llegado el momento en que lograra saciarle, así que el bebé lloraba y lloraba, realmente hambriento. No había dormido todavía desde el día que dio a luz y empezó a llorar también, pensando en las personas que mata a los bebés.

Sentía que perdía la cabeza, que se estaba volviendo loca, y lloraba recordando el día que su madre les abandonó y ella se hizo cargo de su hermano, que por entonces era casi tan pequeño como lo era entonces su hijo.

Ese día, ese tercer día, su amiga Katie vino a echarle una mano, a prepararle el desayuno e incluso la comida. Durante toda esa mañana Danielle hizo lo que hacen todas las madres: sonreír, ser amable, hablar de cómo había ido todo y, sobre todo, ocultar sus verdaderos sentimientos. Una mujer, una madre, se siente culpable de muchas cosas, y se autoevalúa constantemente, porque lo primero que quiere ser es buena madre, y a la vez, poder ser una más, una madre más, una de tantas que han sacado a sus hijos adelante, siempre con una sonrisa y con amor, siempre tratando de conseguir que nadie dude nunca de su implicación.

Parece que una madre no pueda decir que esto de ser madre está resultando una mierda, un horror, algo que no esperaba, un “no puedo más”, un se me va la vida con cada latido, y se me va la luz, y se me va todo. ¡Claro que adora a su bebé! ¡Claro que no se arrepiente! ¡Le quiere con locura! Pero eso no quita que el cambio sea tan brusco, tan evidente, tan agotador, que duela, que escueza y que moleste tanto, que una pueda querer o necesitar expresar la realidad. ¿Qué problema hay con eso? ¿Acaso no es coherente? ¿Una no puede amar a su bebé y sentir que no es feliz, no en ese momento, no así?

Con su hermana no fue capaz de seguir mintiendo

Por la tarde llegó su hermana Sarah. Con ella no pudo mentir. Con ella no pudo soportar más esa máscara y se desmoronó todo. Bastó que Sarah le preguntara “Hola, ¿cómo estás?”, para que ella decidiera por fin decir la verdad. No podía más, y probablemente ya no quería seguir mintiendo. “Soy un desastre”, le dijo. Y a partir de ahí salió todo. Las lágrimas, los “no sé cómo hacerlo”, los “no quiero verle llorar, no quiero verle así”, los “no podría estar haciéndolo peor” y los “no puedo más”.

Ella, Sarah, que ya era madre, le dijo que ella había estado justo donde ella estaba ahora, y eso le ayudó muchísimo, porque pudo quitarse la presión de saberse (o creerse) una madre tan horrible como ninguna.

Entonces le dijo: “Sé que esto te va a parecer una locura pero, ¿tienes una cámara? Estás tan cruda y tan hermosa”. Y esa foto es la que veis arriba. No soltaba a su bebé, tenía los ojos llorosos, y aún fue capaz de esbozar una sonrisa.

Sarah, que vino solo para traerle un poco de comida se quedó con ella toda la tarde para darle apoyo. Y así decidió que tenía que empezar a dejarse ayudar. No tenía por qué ser madre ella sola. Su marido había empezado ya a trabajar, y ella sola no lograba salir adelante. Llamó a Rachel, para que le ayudara a dar el pecho a su bebé. La necesitaba. Llamó a Shell, para que le dijera que su bebé estaba bien. La necesitaba.

Y allí empezó a crear su círculo de mujeres alrededor de su parto y su posparto, alrededor de su bebé y su cuidado. Mujeres que le echaran una mano, cada una desde su experiencia y sus buenas intenciones para que ella no cayera, que le ayudaran a salir adelante.

Y lo que empezó como el peor sueño de su vida acabó, según ella, como un posparto mágico:

"Tuve un puerperio mágico. No fue fácil, pero me apoyaron, me alimentaron y me recordaron que otras madres antes que yo habían atravesado esta parte de la maternidad y que salieron adelante."

Porque al final, como dije en su día, como nos dirían los niños si pudieran hablarnos: al final todo pasa.

Si alguna vez te sentiste igual

Así que si alguna vez viviste algo parecido, si te sentiste como ella, si notabas que caías en una espiral cada vez más profunda, en un hoyo cada vez más hondo, sin ver la luz, la salida, ni el modo de seguir adelante, eres una muy buena referencia para aquellas mujeres que puedan sentirse igual. Puedes ser su sostén, su apoyo, su ayuda, su palmadita en la espalda, el hombro en el que llorar o simplemente la persona que escuche sus quejas (que no es poco).

Que sí, que muchas pasan por eso, pero eso no quita que sea uno de los acontecimientos más extraños de la vida. Extraño, porque cuando creías que ibas a ser la mujer más feliz de la historia te descubres en un punto muy alejado de ese estado, y con la terrible sensación de no poder explicarlo, por no sentirte con derecho a estar así.

Y si eres una de las que lo está viviendo ahora, busca ayuda. Crea ese círculo de mujeres, o pide a tu marido que te apoye en ello también. Él debe ser, nosotros debemos ser, un pilar importantísimo en la maternidad,desde nuestra paternidad y nuestro amor por vosotras y el bebé. No somos solo los actores secundarios, o no deberíamos serlo. Así que cuenta con él y cuenta con ellas. No tengas miedo de pedir ayuda porque eso no te hace más débil ni una madre menos entregada. De hecho, casi diría que lo que te hace mejor cuidando a tu bebé es, precisamente, que te dejes ayudar si lo necesitas.

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