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Vivió una pesadilla / La escalofriante confesión de una salteña que fue víctima del clan Ale en Tucumán

La mujer tiene 36 años y brindó detalles del calvario que padeció en Tucumán. Actualmente vive amenazada junto a sus hijos.

Foto Clarín
Foto Clarín

El clan Ale se hizo tristemente célebre por la desaparición de Marita Verón. Actualmente la banda tucumana es juzgada por extorsión y lavado, no obstante los integrantes quedaron en libertad por disposición del Tribunal que los juzga porque "ha desaparecido el riesgo de fuga".

A propósito, ayer se conoció un informe de Clarín que hace mención al caso de una mujer salteña que vivió una pesadilla en Tucumán culpa del clan Ale, y que actualmente sufre amenazas junto a sus hijos. A continuación el informe y la dramática entrevista:

Tiene 36 años, dos hijos, ocho abortos y dos nombres: el primero, el que le pusieron en 1981 cuando nació en Salta, donde su padre trabajaba como gerente de un banco; el segundo, el que le tramitó el Ministerio de Justicia de la Nación a fines de 2014, cuando entró en el Programa de Protección a Testigos. Su vida corría peligro luego de declarar contra el clan Ale, dueño de la trata, el juego clandestino, la prostitución y otra gran variedad de negocios sucios en la provincia de Tucumán.

María, como la llamará Clarín para preservar su identidad, es inteligente, y se le nota. Tal vez por eso, cuando cuenta su historia, y al escucharla en voz alta, le da una mezcla de bronca y angustia haber pasado tanto tiempo sin darse cuenta de que no era otra cosa que una víctima.

Aunque la prostituyeron, la secuestraron, la amenazaron, la violaron, ella -atrapada en un sistema aceitadísimo- se consideraba parte de una familia. De hecho se lo decían todo el tiempo: "No le importás a nadie, sólo nos tenés a nosotros". "Qué boluda, qué boluda", se le escapa a cada rato cuando se acuerda.

Pero todo cambió cuando amenazaron a su hijo. Eso logró lo que ni las deudas extorsivas, ni los abusos ni las palizas habían podido: que hablara contra sus explotadores y aportara pruebas contra ellos.

A días del veredicto en la causa contra los hermanos Rubén y Angel Ale ("La Chancha" y "El Mono") que se dictará en Tucumán a fin de año, María tiene pánico de que los absuelvan y vayan por ella y los nenes. Le cuesta confiar y tiene más razones que cualquiera. No sólo fue víctima de explotación sexual y "trata", sino hasta del propio "operador" que debía cuidarla dentro del programa de protección a testigos.

"Empezó a acosarme, me quería besar, se metía a cuidar a mis hijos. Se supone que casi no tiene que tener contacto conmigo para no exponerme y lo tenía encima todo el tiempo. Lo denuncié pero no me hicieron caso, 'el hombre se enamoró', me dijo su jefe, disculpándolo. Recién ahora que salí del programa para recuperar mi verdadera identidad voy a poder denunciarlo como es debido", cuenta María, quien recibió a Clarín en la modesta casa en la que vive refugiada, con tres gendarmes en la puerta.

Ya fuera del Programa de Protección, aunque con custodia, María se las rebusca como puede vendiendo objetos por Internet que ella misma confecciona. Pero hasta esto es difícil porque el sistema de compras virtuales la expone más de la cuenta. Además, como todavía no recuperó su DNI original, hasta el más mínimo trámite se le complica ya que su nuevo nombre no cuenta con nada que lo respalde. Solo es un nombre en un papel.

Pero María, además de inteligente, es fuerte, y por eso se tatuó un enorme lapacho rojo que recorre toda su espalda. "Me lo hice hace poco, simboliza la identidad, el oxígeno diario para poder seguir. Simboliza vida, renacer", explica con una sonrisa.

- ¿Cómo empezó su relación con los Ale?

- A los 15 años, por un problema familiar, me fui de mi casa. Dejé Salta y me fui a Tucumán, donde tenía tres hermanos estudiando Medicina, Diseño Gráfico y Odontología. Ahí empecé a ir a pubs y me dieron trabajo de fichera en los video pokers. Vivía en una pensión y laburaba de fichera en los boliches. Ahí lo conocí a "El Mono" Ale, y empezaron las presiones.

- ¿Cuáles?

-Mi jefe me decía que le diera bola, que me convenía, que mejor no decirle que no. Yo era chiquita, solo había tenido relaciones sexuales una vez. Ellos me decían y yo me reía. Un anoche me pusieron algo en un trago y me desperté en la cama con "El Mono". Me tuvieron encerrada y drogada en una casa durante dos meses. "El Mono" venía, hacía lo que quería, me llevaba a un lugar, me tenía sentada al lado. Para "El Mono" Ale yo era como un llaverito. Y todo empeoró cuando se enfermó mi mamá y él me prestó los dólares para pagar el marcapasos. Esa deuda se hizo eterna.

- Era como propiedad de Ale.

- Quedé embarazada y me obligó a abortar y cuando quedé embarazada otra vez, de otro, me obligó a abortar y se despegó de mí. Entonces comenzó a entregarme a hombres a cambio de favores. Tres años estuve en esta situación. Vi muchas cosas.

En 2013, el papá de su hija menor, un supuesto "cliente" que los Ale habían puesto para controlarla, comenzó a acosarla. Entonces María -que dice haberse cruzado con Marita Verón en un lugar donde hacían abortos en Tucumán-, decidió acercarse a la fundación María de los Ángeles, dirigida por Susana Trimarco, mamá de la joven que tenía 23 años cuando desapareció en 2012 y cayó en una supuesta red de trata.

"Y fue así que un día le cruzaron un auto a mi hijo, que era chiquito y le dijeron: 'decile a tu mamá que no vaya más al juzgado' ,porque yo trataba de que el papá de mi nena dejara de acosarme", recuerda María y señala ese episodio como el momento en el que decidió romper con todo lo que conocía y declarar como testigo.

El 31 de octubre de 2014, María abandonó Tucumán con sus dos hijos bajo el control del Programa de Protección a Testigos. "Pensé: por fin voy a empezar a vivir... ¡Qué boluda!", se lamenta.

Para María fue un golpe tremendo que el tribunal de Tucumán que lleva el juicio contra los Ale decidiera dejarlos en libertad hace dos meses sin esperar al momento de la sentencia.

"Yo me sentía re orgullosa de haber declarado contra ellos. Ahora estoy aterrada. El 10 de mayo todavía estaban detenidos cuando hablé en el juicio oral y conté todo: la droga que vi, las armas, cómo entregaban a chicas por favores, como usaban la remisería 5 Estrellas para trasladar a las pibas víctimas de trata. Terminé como a las ocho de la noche y fue todo tan terrible que me desmayé", cuenta María mientras su hija de siete años, recién levantada de la siesta, se le trepa por el cuerpo.

Su hijo mayor no está y él es al que siempre eligen para amenazarla. Hace apenas 15 días, el adolescente estaba en la puerta de su escuela cuando se le acercó un Volkswagen Bora gris y desde él un hombre le dijo: "¿Vos sabés que a tu mamá la vamos a matar, no?". Lo expresaron como una certeza, como algo indefectible. Y María sabe que tiene más de un enemigo capaz de cumplir esa amenaza.

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