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Atentados en París / Un francés vale más que un keniata: una verdad que da vergüenza

“Realmente resulta ridículo -y nos deja a todos en un estado de evidente ignorancia e inconsecuencia- no ponerle atención a lo que ocurre en Kenia o Beirut”.

Un francés vale más que un keniata: una verdad que da vergüenza

Cientos de personas caminan por la avenida Chevalier de la Barre en París. Algunas levantan cruces, mientras otras entonan canciones rumbo a la Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre. El ánimo es el de una festividad: es viernes 3 de abril de 2015 y en la capital francesa, como en la gran parte de los países occidentales, los católicos conmemoran el Viernes Santo, día en que Jesús murió crucificado.

A 10 mil kilómetros de Francia, en Kenia, ese mismo día una tragedia de proporciones se desataba.Miembros de la milicia yihadista somalí Al Shabab ingresaron armados a la Universidad de Garissa y comenzaron con una carnicería que culminó con 147 personas muertas y más de 500 estudiantes desaparecidos. Lo que al principio parecía un atentado sin razón, se convirtió en un acto meramente religioso: los terroristas decidieron separar a los alumnos musulmanes de los cristianos, quienes fueron abatidos sin piedad.

Esa noticia no detuvo la programación de Semana Santa en ningún país de occidente. La Pasión de Cristo de Mel Gibson o la clásica Jesús de Nazaret continuaron sin pausas. El artículo escrito por la BBC, por nombrar a un medio, no se metió entre las noticias más vistas del día en su sitio web.Jóvenes morían cazados como conejos y al mundo parecía importarle un comino. Los huevos de chocolate, en ese punto, eran mucho más importantes.

Meses después pasó algo similar, pero en Beirut, capital del Líbano. Terroristas del Estado Islámico comandaron un ataque suicida que acabó con la vida de 44 personas, número que -otra vez- fue muy pequeño para acaparar la (real) atención de la prensa mundial. Eso, hasta que 24 horas después, ISIS desató su irracional furia religiosa contra la capital de Francia.

Esta historia si que la conocemos todos. Y con mucha razón. 129 muertos, miles de heridos y el terror sembrado en toda Europa. París recibía su segunda estocada terrorista en el año y el mundo no los dejó solos. Las redes sociales se llenaron de mensajes a favor; la gente cambió sus fotos de perfil por banderas tricolores; los canales del mundo congelaron su parrilla programática para enfocar todos sus esfuerzos en la cobertura de la peor tragedia causada por terroristas en occidente desde el 11 de septiembre del 2001.

Toda esa energía está, sin duda, bien canalizada. Lo que parece extraño es por qué no ocurrió lo mismo con Kenia y Beirut, por nombrar dos hechos específicos de la decena que ocurren mensualmente en países de África y Medio Oriente, donde miles de personas dejan de existir y son lloradas por suerte por los parientes que tienen el tiempo de hacerlo; el resto enfoca sus fuerzas en sobrevivir.

Las razones pueden ser bastante obvias: la cercanía con París es mayor desde el lado que se le mire: es la cuna de lo que conocemos por libertad, igualdad y democracia, sus calles y monumentos son un bien de occidente, y su cultura ha sido esparcida por todos nuestras ciudades. Pero vamos, en el mundo en que vivimos hoy, donde todos estamos conectados con todos, donde a diario lloramos por historias que le ocurren a una familia que tiene un hijo discapacitado en China, Tanzania, Nueva Zelanda o Palestina, donde lo mismo vale un gesto de solidaridad en Santiago de Chile que en Windhoek, Namibia, realmente resulta ridículo -y nos deja a todos en un estado de evidente ignorancia e inconsecuencia- no ponerle atención a lo que ocurre en todas partes del mundo. Es, simplemente, y como diría un destacado periodista chileno, predicar con el órgano sexual en la mano. Un blablabla que no pasa desapercibido. En serio.

Por ningún motivo estas palabras busca recriminar el apoyo a lo ocurrido en París. El atentado es detestable y la reacción de los franceses -bombardeando masivamente las zonas del EI en Siria- es incluso comprensible (quien los juzga debe ser muy valiente…). Lo que no se entiende es que todos los cristianos que caminaban ese 3 de abril por la calles de París (disculpen la generalización) no se inmutaron con los estudiantes que perdieron la vida en Kenia. Esos 147 individuos no resucitaron a dos días después. Su luz se apagó para siempre.

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