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La violinista tucumana que brilla en Europa sin violín

Aun sin instrumento propio, Sofía Roldán Cativa brilla en Europa.

La violinista tucumana que brilla en Europa sin violín

Es sólo un ensayo, pero Sofía igualmente está vestida de gala en el escenario del Teatro Colón. Tiene un vestido oscuro con lunares blancos, una camisa combinada y zapatos negros con taco. La mayor parte de sus 45 compañeros de la Austro-Hungarian Haydn Philarmonic, en cambio, parece haber optado en masa por un uniforme de jeans y zapatillas. Sofía también tiene los ojos llenos de lágrimas. Hay un por qué: Sofía es argentina, de Yerba Buena, Tucumán, y vivirá una noche muy especial, de las que se recuerdan para toda la vida. Por primera vez tocará en el legendario teatro porteño, el más importante de Sudamérica, donde ha llegado para participar del ciclo Nuova Harmonia.

El sueño de Sofía Roldán Cativa comenzó en su Yerba Buena natal cuando apenas tenía tres años. Sus padres, Alcira y Ernesto, empleados públicos amantes de la música, la anotaron en un jardín de infantes con orientación musical. Allí se acercó por primera vez al violín y enseguida al piano (estudió y toca ambos instrumentos). Luego, como una seguidilla mágica: el descubrimiento de que la nena tenía oído absoluto, el paso por el Instituto de Música de Tucumán, concursos juveniles, las audiciones, los viajes a festivales de los países limítrofes. Pero la gran ocasión le surgió a los 14 años, cuando pudo anotarse en una Master Class de una semana en Buenos Aires, dictada por dos profesores de la Universidad de Frankfurt. “Ellos no tomaban alumnos tan jóvenes –recuerda Sofía–, la verdad fui muy afortunada en ser aceptada.”

Un mes después llegó la invitación para trasladarse a Essen, Alemania, y tocar durante un mes en la orquesta juvenil local: “Hicieron una vaquita entre familiares y amigos para pagarme el pasaje y la estadía; pero la plata alcanzaba sólo para mí y tuve que viajar sola”. El país le gustó desde el principio, a pesar de que no hablaba ni una palabra de alemán y muy poco inglés.
“Pero, bueno, el idioma de la música es universal, con eso me las arreglaba”, cuenta.
Siguieron las oportunidades. Ya en la Argentina, la renombrada violinista alemana Tanja Becker-Bender, que estaba en Buenos Aires para un concierto, le concedió una audición y quedó impresionada con su talento. Tanto que le propuso ingresar a la prestigiosa Universidad de Saarbrücken. Sofía armó de vuelta la valija y partió otra vez rumbo a Alemania, becada esta vez por el gobierno nacional, que le consiguió los pasajes.

Estudió un mes con la misma Becker-Bender y logró entrar. De ahí, dos años después, pasó a la Universidad de Frankfurt, donde se recibió. Ahora, con 27 años, vive en Salzburgo (“a la vuelta de la casa donde nació Mozart”) y cursa el segundo año de un posgrado para violín solista. 
Nada mal para una joven violinista sin violín, como ella misma se define. Sí, porque Sofía aún hoy no posee instrumento propio. El violín italiano que toca ahora, al igual que los que utilizó antes, le fueron prestados por diferentes fundaciones, luego de haber ganado alguno de los concursos anuales organizados para asignarlos. Ella, por ahora, se está comprando en cuotas el arco. “El mío no es de los más caros, sale unos 6.000 euros. No es mucho, pero es bastante cuando una está estudiando”, dice casi con timidez.

En este momento de formación, su vida y su subsistencia en Europa dependen de la ayuda de sus padres y de los aportes de instituciones y ocasionales benefactores. Sofía ha ganado varios concursos dotados de beca. Además, un empresario, que prefiere mantener su anonimato, la sostuvo económicamente en los últimos tiempos para que pudiera seguir estudiando.
En Salzburgo comparte casa con una compañera de universidad, una pianista lituana con la cual se lleva muy bien. Siempre vivió con músicos, confiesa, personas con las cuales las relaciones son simples, directas, y se desarrollan alrededor de una pasión compartida.
“Ningún músico debería ser monótono, pienso yo. Y estar todo el tiempo con personas de otros países ayuda mucho en eso”, afirma.

Su actual proyecto, por ejemplo, es un trío que armó a principio de año con una pianista francesa y una chelista austríaca: tocan un repertorio clásico y romántico, con alguna incursión en el contemporáneo (Beethoven, Shostakóvich, Rachmaninoff). Ya se presentaron en París y en Viena, pero el gran sueño de Sofía es actuar con el trío en Buenos Aires. 
Sofía no cabe dentro de sí cuando pisa el escenario del Colón. Y pensar que casi se pierde la invitación para participar de la gira. “El mail fue directo al casillero de spam. Lo descubrí de casualidad. Leí Brasil, Argentina, Teatro Colón y dije ‘¡si, seguro!’ Ni pensé si tenía algo acordado para esas fechas.”

El programa del concierto incluye una sinfonía de Schubert, una de Haydn y un concierto para piano y orquesta de Mozart. Sofía está a la derecha del escenario, un poco apartada del resto de sus compañeros. Sus padres, en primera fila, justo frente a ella: llegaron hoy de Tucumán. Hace casi dos años que no la ven. Los ojos se les llenan de lágrimas, por el reencuentro y por el orgullo.

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