QPS / Cultura
Idangel Betancourt

Idangel Betancourt

Actor y director

En crisis / El teatro entrampado

Si algún mal le faltaba a la actividad teatral salteña, era una crisis del Instituto Nacional del Teatro (INT).

José Ramayo, Beatriz Morán, Marcelo Allasino, Julio Saguir y Federico Irazábal
José Ramayo, Beatriz Morán, Marcelo Allasino, Julio Saguir y Federico Irazábal

 La cuestión es grave, ya que ningún otro organismo se ocupa de fomentar las artes escénicas en la provincia. La crisis en el INT comenzó con la gestión anterior, en una lucha interna que mantuvo el ex titular Guillermo Parodi con algunos representantes del Consejo de Dirección. Los puntos cuestionados parecían de carácter formales, como los mecanismos de rendición de algunos subsidios o la transparencia de las ONG a través de las cuales las delegaciones bajan la plata para los planes provinciales.

En esta discusión, siempre ha estado presente el riesgo de limitar las facultades del Consejo, para sumar poderes en la figura del director del Instituto; con lo cual a toda vista, las provincias perderían la garantía de ejecución federal que plantea la Ley de Teatro. La nueva gestión, que todavía es un misterio para la mayoría de los teatristas, ha seguido este camino, y aún más, ha decidido no depositar fondos a la ONGs con que trabaja Salta, ya que la misma presentó un recurso de amparo ante el INT. 

Esta situación pone en riesgo la ejecución de proyectos locales como la Escuela de Espectadores, la gira provincial y, aún más, un programa de desarrollo planificado en el Foro de teatristas el pasado año y que incluye acciones importantes como la conformación del Distrito Teatral, una plataforma de difusión.

En una reunión que el director del INT, Marcelo Allasino, mantuvo con la comunidad de Tucumán, el pasado lunes reafirmó las intenciones del ejecutivo de revisar la relación con las ONGs, pero sin ninguna propuesta concreta. Una de las opciones que se estarían manejando sería volver a depositar los fondos en los Gobiernos provinciales. Sin embargo, no es una opción convincente, ya que los gobiernos locales no han dado garantías nunca a la actividad. La experiencia más reciente ocurrió con el llamado Teatro El Cubo, un acuerdo entre el INT y la intendencia Isa, que data del 2012 y por el cual el INT aportó 640 mil pesos sobre un millón cuatrocientos mil pesos que al día de hoy no se sabe a dónde fueron a parar. La obra todavía sigue a paso de hormiga en el CCM. Y por el momento, no está claro qué beneficios directos traerá a la comunidad teatral ese teatro.

Además de ladrillos, se necesita política cultural directamente dirigida al teatro independiente. Por otra parte, son fondos que pertenecen por Ley a fomentar la actividad del teatro independiente y que luego los gobiernos usan a discreción.

En Salta hay solo tres salas independientes, de las cuales dos le dan un lugar central al teatro, La Ventolera y el Salón Auditorium. El INT cortó los subsidios para la compra y refacción de salas.

El ejecutivo acaba de hacer un convenio con la municipalidad de Tucumán parecido al que se hizo con la Municipalidad de Salta para construir otro teatro, lo que provocó el malestar de la comunidad tucumana inmediatamente después de haber tenido la reunión con Allasino. Una de las referentes de esa comunidad, Teresita Guardia, emitió un mensaje por las redes en el que apuntaba: “Esto además de violar la Ley Nacional 24800, implica una competencia desleal del Estado contra los esfuerzos de más de 20 años de salas y grupos independientes que sostienen día a día y año a año una tarea increíble de sostén, promoción y difusión del patrimonio intangible que es el Teatro Independiente en Tucumán”.

El desprecio al artista

¿Qué tipo de políticas se ha ejercido hasta el momento en relación con el teatro? Desde el INT, se priorizó en los últimos años la gestión de público, con circuitos nacionales, festivales, obras inclinadas hacia lenguajes sencillos y bajos precios en las entradas. Sin embargo, en Salta por lo menos estas acciones no han dejado muchos resultados, a no ser un público con cultura del evento, es decir que solo acude al teatro cuando hay un evento con alto correlato publicitario y de carácter masivo.

Es precisamente esta cultura del evento, la que ha caracterizado al Ministerio de Cultura de la Provincia en los últimos años. La actual directora de Cultura de la Municipalidad, Agustina Gallo, es una especialista en este tipo de gestión y logró posicionar el ciclo Cultura a la Vista, pero fuera de esa temporada, el consumo de teatro cae al vacío.

De algún modo, ambas políticas se han equivocado en un mismo punto, el desprecio velado al artista independiente, ese sujeto siempre incómodo para disciplinar y que solo es necesario cuando se necesita realizar alguna actividad que cause impacto a nivel mediático o social. Priorizar al público, sí, pero no subestimarlo, es el artista quien tiene la comunicación directa y real con el espectador, no la envoltura eventual. El público debe educarse para compartir el hecho teatral, no el acontecimiento social del evento.

Los eventos son como las golondrinas, no hacen verano, aunque signifiquen una buena vidriera para que los funcionarios muestren fotos por las redes sociales. 

Entonces se pone más énfasis en el espectáculo de la política que en el teatro. Ni siquiera es una ironía.

Por otra parte, con los años, el INT ha desarrollado una actitud corporativa, en la que la comunidad ha sido de algún modo desvinculada. Los representantes se han instruidos en que representan a la institución, pero no ocurre al revés, es decir que las representaciones sirvan para representar a la comunidad. La coyuntura actual podría ser una oportunidad para generar foros regionales y nacionales que dinamicen la estructura del INT.

En el plano local, nada indica que el panorama cambie, los funcionarios saben lo segregada que está la comunidad. El año pasado desde el movimiento Matecitos Teatrales que convocó a un sector amplio de los trabajadores del medio se intentó una mesa de trabajo con el Ministerio, con el aval del ministro Mariano Ovejero. Los resultados fueron pobres a nivel de negociación. El ciclo Ay Teatro y una temporada de teatro en agosto de 2015, coordinados con la Subsecretaría de Producción Cultural (extraño departamento hecho exclusivamente para Agustina Gallo, porque al ser nombrada ésta en la Municipalidad desapareció el cargo) fracasaron por una simple razón, no se asignaron los recursos suficientes, no solo financieros, sino de gestión, y parecía más cosa de un favor que hacía Cultura a la comunidad teatral, que parte de un plan que pudiera seguir desarrollándose. De hecho, todo quedó allí.

El otro fracaso fueron las negociaciones con Silvia Prystupiuk, subsecretaria de Promoción Cultural, quien maneja una abultada caja con las cuales se pagan las asistencias artísticas y se establecen las actividades con los municipios. A Prystupiuk se le planteó la precariedad de los montos que se pagan por la asistencia artística, así como un catálogo que garantice claridad en las solicitudes de grupos, y un determinado número de funciones por elenco. Prystupiuk no reaccionó, sintió que los teatristas convocados no estaban lo suficientemente unidos, y prefirió seguir negociando con la Asociación Argentina de Actores, que a pesar de ser un gremio, acepta las condiciones que Cultura impone y no es representativo de los hacedores.

Así las cosas, los teatristas sin poder conformar fuerza política para negociar, tendrán que apelar a la imaginación o abandonar el teatro independiente para llenar las salas de revistas con actrices ligeras de vestuario. Cualquiera entenderá que es mejor quitarse la ropa en un escenario que andar en bolas por la vida. Pero también está la opción clásica salteña. Ponerse a hablar mal de todo, a escondidas, o creerse un héroe municipal, y no hacer nada: ni teatro ni política cultural.

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