QPS / Cultura

Día Internacional de los trabajadores / El cine y la cultura del trabajo

Normalmente, los medios de comunicación masivos, entre ellos el cine, buscan reafirmar la cultura del trabajo que, bajo el capitalismo no es más que la cultura de la explotación

El cine y la cultura del trabajo

Por Marina Kabat, Ianina Harari

En el capitalismo, el tiempo libre es un lujo de la burguesía. Los obreros, en cambio, deben luchar por él. Les es ajeno cuando tienen un trabajo. Y cuando no, también, porque ese tiempo “libre” se transforma en un peso angustiante más que en una posibilidad de disfrute. El derecho a la pereza, al amor, al disfrute del ocio, el arte y una vida plena como planteaba Paul Lafargue1 es permanentemente negado en este sistema social. Normalmente, los medios de comunicación masivos, entre ellos el cine, buscan reafirmar la cultura del trabajo que, bajo el capitalismo no es más que la cultura de la explotación. Este mensaje se vuelve especialmente reiterativo en las películas infantiles, como la reciente Bee Movie. Sin embargo, en ciertos momentos, se produce una fisura y empezamos a ver en pantalla distintas formas de críticas a esta moral.

 

Fiaca y rebeldía

La lucha de clases de los ’70 llevó a un fuerte cuestionamiento de la cultura del trabajo. Con distintos programas, esto se vio reflejado en películas como La fiaca, en Argentina, y La clase obrera va al paraíso, en Italia. La primera, de 1969, trata de un empleado de oficina que un buen día decide no presentarse a su trabajo. Por la noche pone el despertador como todos los días sólo para tener el placer de apagarlo y seguir durmiendo. No se molesta siquiera en mentir o dar una excusa razonable a la empresa. Simplemente, declara tener fiaca. Sin importar cuánto le implore su mujer o su madre, decide quedarse en la cama y hacer todo aquello que nunca puede, por falta de tiempo libre. Cuando un compañero llega consternado a visitarlo y le pregunta si no le preocupaba el trabajo pendiente, responde: “No. ¿A vos te importa tu trabajo?”. Tras un silencio en el que medita, su compañero asiente: “No, la verdad que no”.
La película refleja el malestar del período que se expresaba en el creciente ausentismo. Pero la respuesta que ofrece es conservadora. La única salida parece ser individual. El protagonista aparece como culpable de su situación. Lamenta no haber estudiado una carrera que le asegurase un mejor empleo. Pero, además, no hay alternativa. Debe aceptar un trato con la empresa para volver a su trabajo porque se quedó sin dinero. En la última escena lo vemos tras una reja. Aunque esto muestre un tono crítico, el personaje está atrapado y sin salida. Su intento fallido sepulta sus esperanzas de escapar a la opresión. Es lo mismo que le sucede a Homero Simpson al enterarse que Marge queda embaraza de Maggie. Debe volver a la planta nuclear luego de haber conseguido el trabajo de sus sueños en un bowling, donde el sueldo era menor. Al regresar, el Sr. Burns le coloca una placa que reza “No olvides que estas aquí para siempre”. Homero tapa la placa con fotos de su beba para que se lea un mensaje más estimulante: “Hazlo por ella”.2
Algo muy distinto muestra el film italiano, de fines de los ’70. Allí, el protagonista es un obrero metalúrgico sometido a un régimen de destajo. La entrada y la salida de la fábrica se producen casi de noche. En el ingreso, un grupo de estudiantes revolucionarios provocan a los obreros para incitarlos a lucha. “Para ustedes la luz del día no brillará jamás”, les recuerdan. El protagonista, Lulu Masa, intenta no pensar en esto y se evade con cosas placenteras. “Un agujero, un culo”, repite en cada operación que realiza. Cuando una compañera le reprocha su frase, él le contesta: “¿En qué querés que piense, en el paraíso?”.
Sus compañeros lo desprecian porque es el que mejor cumple con los ritmos. Es más, los patrones lo utilizan para medir el tiempo en los otros puestos. Vive sin cuestionarse siquiera por qué no puede tener sexo con su mujer. Hasta que un día, en su afán por no retrasarse con el trabajo, pierde un dedo. Inevitablemente se produce un quiebre. Al volver simplemente ya no tiene ganas de cumplir los ritmos. Se suma a la lucha contra el destajo liderando la fracción más radical y ligándose a los estudiantes revolucionarios contra el reformismo del sindicato. Es despedido y luego, tras una larga lucha, reincorporado. Todos festejan, pero él no está seguro de que debiera alegrarse por su retorno a la fábrica. Pero no tiene opción, el obrero no es libre. Vuelve al trabajo, al ruido ensordecedor. El film deja así al espectador con una sensación de inquietud.

Lo que mata es la resignación

Dos décadas después, las enseñanzas de este film parecían olvidadas. La derrota del movimiento obrero en la década del ´70 no pasó en vano y en los ´90 reinaba el escepticismo. El cine se centró en las historias de desocupación y trabajo precario. Nuevamente, en la Argentina, el reformismo gana la pantalla. Así tenemos al Rulo, de Mundo grúa, vagando por trabajos inestables. Primero lo tienen en una construcción dos meses a prueba para luego no contratarlo. Después, viaja a trabajar al sur donde vive hacinado en una casa con otros obreros. Encima, trabaja en el medio de la ruta y la empresa no siempre les lleva la vianda. Pero tampoco allí obtiene empleo estable porque la obra se para.
El problema del trabajo le inhibe toda capacidad de disfrute. Mientras estuvo empleado en la primera obra, logró establecer una relación con una mujer, pero se desvaneció cuando debió trasladarse. Tampoco con su hijo puede tener un buen vínculo. “Como está la cosa, ando bajoneado. A mí me gusta joder, divertirme, pero con estos quilombos...”, dice resignado. Al final, lo vemos volviéndose a Buenos Aires, incapaz de cambiar su destino. Una lástima: había estado trabajando en frente de Caleta Olivia, una de las cunas del movimiento piquetero... En efecto, éste parece no existir para los directores de ficción. En la película El perro, vemos también a un habitante del sur del país, desocupado, que difícilmente se mantiene con la venta de cuchillos artesanales. Hasta que, gracias a ayudar a una desconocida, obtiene un perro de exhibición que le cambia su angustiosa existencia. Moraleja: si somos buenas personas, el destino nos va a recompensar. Acá el individualismo da un giro casi místico.
En Francia, el clima no era muy distinto. Recursos humanos actualiza la crítica a la alienación del trabajo y la reivindicación de la lucha colectiva pero con un final ambiguo, que el director irá definiendo a lo largo de sus 3 películas. En El empleo del tiempo, el siguiente film de Cantet, el escepticismo y la resignación aumentan, a la vez que desaparece la acción colectiva. Un hombre pierde su trabajo por el tedio que le producía y luego no puede enfrentar su nueva realidad. No le cuenta a nadie que está desocupado ni busca trabajo. Lo único que puede hacer es fingir ante su familia y amigos un inexistente trabajo en Suiza. Finalmente, cuando su familia se entera, ante el asedio económico, debe -a su despecho- volver a un trabajo que su padre le consigue. Se esboza una crítica al sentido del trabajo, aunque con menor intensidad que en el film anterior, pero la visión es mucho más pesimista. La depresión es el karma del trabajador, se angustia si está trabajando, y si no, también. Pero no le queda otra que retornar al empleo. Si bien el desempleo es una situación angustiante para un trabajador, el hincapié puesto en ello de forma casi excluyente parece expresar cierto escepticismo. A diferencia de esos films, el cine yanqui nos trajo Las locuras de Dick and Jane, una pareja que a pesar de la falta de empleo no se resigna a degradar su nivel de vida y deciden vengarse de su ex jefe. En Inglaterra encontramos la famosa Full Monty, donde los protagonistas intentan emprender un proyecto colectivo; es decir, no se resignan y buscan una salida. Algo similar ocurre en la canadiense La gran seducción, donde todo un pueblo se complota para engañar a un médico para que una fábrica se instale allí. Sin embargo, en el film aparece una apología burda de la cultura del trabajo cuando se cuenta, al final, que gracias a que hay empleo, los habitantes volvieron a tener sexo.

Sol de noche

En medio de un panorama tan sombrío, donde el desocupado sufre, ve derrumbarse sus relaciones, debe buscar alguna salida más o menos “digna”, o simplemente resignarse a que el destino lo favorezca, la ficción vuelve a reconfortarnos. Los lunes al sol, muestra un grupo de desocupados no libres de la angustia que genera no tener un sueldo a fin de mes. Pero su historia no es una historia de frustración o resignación.
Éste es un grupo de ex compañeros de trabajo despedidos tras una larga lucha. Está, sí, él que no ve salida. Había luchado junto a sus compañeros contra el cierre de la empresa, mientras otros habían decidido tranzar. Pero ante el despido decide sumergirse en el alcohol y se separa de su mujer. Desesperanzado, decide quitarse la vida. Por otro lado, los que no se sumaron a la lucha y decidieron negociar con la empresa aparecen como traidores. Uno de ellos se convirtió en agente de seguridad privada. No falta aquél que está entrado en años y, desesperado por conseguir un trabajo, intenta ocultar su edad. Llega a teñirse el pelo y ponerse la ropa de su hijo. Pero cuando lo llaman para la entrevista decide irse. Aparece también un hombre cuya relación de pareja parece quebrarse. El banco les niega un crédito, pero lejos de tener una actitud sumisa, decide enfrentarse con el ejecutivo que los atiende. Su mujer, cansada, llega al punto de hacer las valijas para irse. Pero finalmente, decide quedarse a remontar la situación con su esposo. Los vínculos amenazados pueden reconstruirse.
La película tiene un personaje menor, cuya historia desconocemos pero que aparece como un guiño del director. Es un inmigrante ruso que también trabajó en la fábrica. Aparece en las conversaciones con comentarios menores o chistes que muestran su apego al socialismo. Como aquél en donde un amigo le dice al otro: “¿Te acuerdas lo que nos contaron del comunismo? Parece que era mentira”. Y el amigo le contesta “Pero eso no es lo peor; lo peor es que lo que nos contaron del capitalismo era verdad”.
Finalmente, el protagonista: Santa. Es un treintañero sin familia que vive en una pensión donde lleva distintas mujeres. Se las rebusca con algunos trabajos y disfruta de su tiempo libre. En la revuelta, había roto una bombita de luz que le obligan a pagar. Pero, acto seguido, vuelve a romperla. En el final, los protagonistas aparecen en un ferry que tomaron de noche. Ya los abraza el calor del día. A pesar de ser lunes, disfrutan del sol y de su amistad. Algo que debieran poder hacer sin pagar el costo que este sistema les cobra.

 Marina Kabat

Licenciada en Historia, docente de la UBA e investigadora del CEICS.
ceics@razonyrevolucion.org(link sends e-mail)

 Ianina Harari

Licenciada en Sociología e investigadora del CEICS.
ceics@razonyrevolucion.org(link sends e-mail)

Notas

1  Lafargue, Paul: “El derecho a la pereza”, en Sartelli, Eduardo (Comp.): Contra la cultura del trabajo, Ediciones RyR, Buenos Aires, 2007.
2  “And Maggie makes three”, Los Simpsons, Sexta temporada, episodio 13.
3  Ver: Harari, Ianina: “El fin de la inocencia. Una retrospectiva de la obra de Laurent Cantet”, en El Aromo, n° 39, Buenos Aires, noviembre-diciembre de 2007.

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