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Historia cíclica / Llegan 44 españoles por día al país y ya conviven con los viejos inmigrantes

Sólo en el último año se instalaron en la Argentina 16.230 españoles. Estudio, trabajo y amor.

Llegan 44 españoles por día al país y ya conviven con los viejos inmigrantes

De un lado, los españoles que llegaron a la Argentina hace 50, 60, 70 años. Eran adolescentes, no tenían estudios y se embarcaron solos, arrastrados por el hambre y la desesperación. Vinieron dispuestos a sobrevivir y a hacer patria: con el tiempo, lograron poner sus negocios, compraron sus casas y criaron hijos profesionales, bajo aquella lógica de "M'hijo El dotor". Del otro lado, los nuevos inmigrantes españoles que llegaron en los últimos 8 años: son adultos, profesionales y vinieron detrás del amor, de la aventura o empujados por la búsqueda de un empleo de calidad. Argentina sigue siendo el país en el que viven más españoles: los de antes, que se traían a toda la familia, y los de ahora. Según estadísticas del gobierno español, 44 españoles emigran cada día a la Argentina. Estas son las caras y las historias de esas dos generaciones que eligieron vivir sus vidas en nuestro país.

Juan González tiene 86 años y pese a que llegó desde Asturias hace 68 años, su acento español sigue intacto. “Me embarqué solo en el 48, a poco de que terminara la Segunda Guerra mundial y la Guerra civil, y en pleno franquismo. No había trabajo en ningún lado”, cuenta, con voz pausada de abuelo, en el Centro asturiano Cangas de Narcea, en Palermo. Juan vivía en un pueblo sin escuela, al que sólo iba alguien a darles clases durante 4 meses en el año. Por lo que llegó sin educación, a hacer lo que fuera para sobrevivir. Trabajó en la carnicería de un tío que lo recibió, volvió a ver a su madre sólo una vez, se casó con una leonesa y, con el tiempo, lo logró: se compró su casa y tuvo tres hijos (dos son ingenieros agrónomos y uno, ingeniero naval).

Samuel Esteban, a su lado, tiene 41 años y nació en Jaén, Andalucía. Y entre ellos ya se ven las diferencias. Aquellos inmigrantes españoles "de antes" solían casarse con alguien de su misma nacionalidad. Samuel, en cambio, conoció a una argentina en un viaje por Dublin y un año después, en 2009, se vino a vivir con ella. “Me vine por amor, no por la crisis económica”, cuenta. Samuel, diplomado en Ciencias empresariales pero dedicado a la informática, trabajaba en una multinacional francesa cuando decidió dejar todo para vivir con la mujer que hoy es la madre de su hija. Consiguió trabajo a los 20 días de haber llegado y, desde entonces, volvió a España de visita cada año.

Emilio Fernández, en cambio, tardó 30 años en volver a su país. Llegó en 1963, cuando era un jovencito de 16. Su madre había muerto y su padre había estado ausente, combatiendo en la Guerra Civil española. “Embarqué en Vigo, solo. Aquí no conocía a nadie, ni a los tíos que me recibieron. Era como venir a vivir con extraños. Trabajábamos mucho pero con los años pude traer a mi hermano y luego a mi padre, pero a mis abuelos por ejemplo, no los volví a ver”, agrega.

“No me imagino irme y perder contacto. Yo prácticamente paso el día hablando con mi familia por whatsapp y por skype”, dice Susana Blanco, 35 años, vasca. Susana había estudiado Administración de empresas y gestión de calidad, se había quedado en “el paro” y en una noche, junto a una amiga, tomaron la decisión y ahí mismo sacaron los pasajes: “Yo me vine en busca de un empleo, pero de lo mío. Recuerdo que estaba en el aeropuerto feliz, me hacía mucha ilusión conocer la Argentina”, agrega. Pero al poco tiempo de haber llegado, se enamoró de un argentino y ya lleva tres años y medio viviendo en el país. Susana se emociona cuando oye hablar a los mayores: “Creo que ellos venían para no volver. Mi pareja y yo podríamos ir a vivir juntos a España, pero elegimos quedarnos. Yo sí tengo opción, pero elijo ser inmigrante”.

“Tienes una preparación, por eso podrías volver”, le dice Emilia Martínez, 82 años, desde el otro lado de la mesa. Emilia llegó de Asturias en 1953. A diferencia de Susana, recuerda el momento en que se subió al barco con tristeza: “Mi padre había muerto en la guerra, yo me iba y dejaba sola a mi madre”, cuenta. Emilia se puso a trabajar en una fábrica de carteras, se casó con un español y se hizo cargo de una verdulería. “Vine con una valijita de cartón, con lo puesto, y gracias a Dios me pude comprar mi casa, trabajando 16, 18 horas por día. Y darle estudios a los hijos”. Emilia tiene un hijo arquitecto y una hija comerciante y casa propia en Recoleta. Para los jóvenes, en cambio, el sueño de la casa propia es lejano.

“Yo alquilo”, dice Oscar Santos, 31 años, de Madrid. Alquilar no es un problema, porque la búsqueda de Oscar era otra: “Yo terminé la Licenciatura en farmacia, conseguí trabajo en España, logré un contrato para hacer investigación científica hasta que me di cuenta que eso no era lo que quería ser en la vida. Dejé ese trabajo, los nervios por la inactividad me destruyeron la salud, conseguí otro trabajo, pero nada era estable”, cuenta. Mientras, seguía trabajando como voluntario en centros infantiles. En el camino, conoció a quien hoy es su pareja: un joven que lo invitó a la Argentina a trabajar juntos en una ONG. “Los problemas de salud desaparecieron, estoy encantado, mantengo relación fluida con mi familia. Hace un año y medio que llegué y he vuelto dos veces a España de visita”.

“Qué diferente”, dice Adolfo Jorge, 56 años, un gallego que llegó al país cuando tenía 19 años. “En aquella época llamaban a la Argentina ‘el país de los olvidados’, porque los que venían no volvían más”. En estos 37 años, Adolfo trabajó de mozo, tuvo un negocio, compró un departamento, lo amplió y hoy es el alma del Cangas del Narcea: el hombre al que todos conocen porque canta mientras toma vino de la bota. 

De cerca lo escucha Chavi Pascual, 34 años, un arquero profesional que llegó de Bilbao hace 5 años. Chavi tenía todo cuando decidió venir: “Le dije a mi madre ‘me voy a la aventura, si me sale bien tal vez termino jugando en primera, si me sale mal agarro las maletas y me vuelvo”, cuenta. Allá tenía casa, cable, coche. Acá le tocó vivir de prestado en el living de un amigo. Pero la aventura fue menos efímera de lo que suelen ser las aventuras: empezó a jugar en Deportivo Español, se puso en pareja y en un poco más de un mes será padre por primera vez.

Las diferencias que separan a unos y otros, entonces, están a la vista “pero yo creo que también hay semejanzas entre nosotros”, cierra Susana: “Todos nos fuimos de España tras una necesidad: empleo, aventura, amor. Todos nos fuimos buscando algo, nadie se quedó de brazos cruzados. Parece que todos lo hemos encontrado”.  

¡Ay nena!

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