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Dos cócteles explosivos, nadie con las manos limpias

 Argentina es actualmente un causal de discrepancias y tensiones políticas. La creciente crisis económica, la inflación, los tarifazos sumados a una un constante flujo de casos de corrupción que no hacen más que confundir a las personas. Todos buscan una solución, pero difícilmente se apartan de dos horizontes (El oficialismo y la oposición). Sin embargo, ambos son portadores de malas políticas para nada inofensivas, por lo contrario, muy destructivas.



 El Kirchnerismo



 Es común escuchar el escueto argumento de “Antes estábamos mucho mejor que ahora” para justificar la defensa al gobierno anterior, ese sencillo razonamiento se vuelve para varios la razón suficiente para clamar a cuatro vientos el regreso de la ex mandataria. Sin embargo, bajo la mesa el Kirchnerismo estaba escondiendo un cóctel explosivo que iba a ser devastador para la nación a mediano y largo plazo. Un modelo de economía proteccionista deficiente e incapaz de sustentarse, un aislamiento del mercado mundial casi absoluto, un gasto público desmesurado y potentes medidas populistas que mantenían a los sectores populares calmados. Todo lo anterior sumado a una ruta de malversación de fondos multimillonaria con aliados políticos como Venezuela y afianzando lazos con China y Rusia sin acuerdos económicos productivos o un comercio favorable, únicamente acercamientos políticos estratégicos. Los sindicatos manejando las calles, los medios transmitiendo una propaganda absurda, las instituciones públicas como una red de lavado y una desviación colosal de fondos nacionales a bolsillos particulares. De haberse perpetrado ese modelo, los años subsecuentes habrían sido parcialmente iguales, pero la economía se estaría sofocando de una manera irreversible y, en menos de una década probablemente la frase “Seríamos Venezuela” habría dejado de ser solamente una frase sin lugar a duda.



El Macrismo



 La propuesta macrista se centró en desmantelar por completo aquel firme modelo que había sido construido durante doce años ininterrumpidos, una tarea difícil para solo cuatro años en el poder. La jugada del actual presidente se vería dividida en dos fases, la primera sería la que sustentaría su posición política, la que le otorgaría influencia y mantendría al sector que lo votó conforme. La primer jugada sería entonces la más sencilla, desmantelar la red de corrupción Kirchnerista, en la que tuvo un rotundo éxito. Durante casi los dos primeros años las personas estuvieron distraídas mirando por la tele felices como ex funcionarios corruptos eran esposados, mientras Macri intentaba llevar a cabo sin éxito su segunda jugada, la cual era hacer que los números cierren. Apuntar a mejorar la reputación de la nación, atraer inversiones, fomentar a los grandes productores y con ello fortalecer la economía y bajar la inflación, pero nada pasó como lo esperado. A la mitad de la gestión del actual gobierno la “lluvia de inversiones” sigue siendo un sueño incumplido, Macri volvió de su gira europea con muchas fotos, pero ningún acuerdo de libre comercio, los recortes y despidos van en aumento y el bolsillo se ve cada vez más ajustado. Lógicamente es imposible sustentar un cambio tan grande en tan poco tiempo sin medidas tan drásticas, pero el problema es que si las medidas tomadas no surten efecto lo único que se está dibujando en el horizonte es un inminente 2001.



 ¿Cuál es la razón por la cual Argentina no ha caído frente a tan devastadoras gestiones? La razón es la capacidad productiva del país, la riqueza y los enormes recursos humanos y naturales que posee la nación. De ser un país con una demografía y territorio menor y una industria menos desarrollada, abríamos sido Venezuela antes que Venezuela. El problema del país no está en las personas, en el sector productivo o en influencias externas. El problema del país son los políticos y las corrientes políticas actuales. Ni la izquierda, ni la derecha, ni el peronismo fueron ni son capaces de hacer ni proponer medidas que beneficiaran al crecimiento del país y al pueblo al mismo tiempo. Gobiernos peronistas debastadores que no permitieron que ningún candidato democráticamente electo no-peronista temrinara su mandato, gobiernos de derecha que apretaron a los sectores más vulnerables, privatizaron empresas públicas y sumieron al país en crísis y una izquierda poco seria, popular y violenta con ideales anticuados y pasionales sin ninguna propuesta económica sensata. Todas las corrientes actuales son profesionales en desmentirse entre sí y movilizar marchas, pero para tomar las riendas de la situación de una manera capaz no. Y el problema más grande de los argentinos es que seguimos buscando una solución en las mismas caras y banderas.

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